miércoles, 6 de febrero de 2019

El deporte nos hace CAMPEONES

“Campeones” ha recibido el premio Goya a la mejor película española de 2018, y también lo ha recibido a título individual uno de sus personajes, Jesús Vidal, como mejor actor revelación. Esto es un hito sin precedentes. Nunca antes se había hecho una película tan intensa y retadora donde el fondo y la forma fuera un equipo numeroso (y no profesional) de personas con capacidades diferentes, donde el mensaje y la esencia de la película fueran tan directos al corazón sin pasar por la razón. Y el vehículo elegido para apoyarse en esta historia ha sido el deporte, el baloncesto como fuente inclusiva, generadora de diversidad y solidaridad. La dimensión social del baloncesto siempre ha sido uno de sus activos más potentes a nivel aficionado y de base, y con esta película hemos encontrado el altavoz perfecto para despertar conciencias y elevar el espíritu a través de una historia sencilla.

Historia que comienza etiquetando cual castigo el hecho de tener que entrenar a chicos discapacitados y formar con ellos un equipo, para jugar y participar en campeonatos. Es la penitencia de un enervado entrenador, condenado a ejercer trabajos sociales como permuta de una sanción administrativa. Quizás sea la manera de abordar el tema y suponga una llamada de atención, de que solo nos ocupamos de otros colectivos humanos más desfavorecidos cuando viene impuesto, forzado, cual actividad que casi nadie quiere realizar.



El vuelco que da la película sobre ese planteamiento, con el paso de los minutos, es digno de analizar. A través de la solidaridad, el trabajo en equipo y la inclusión, la vitalidad y alegría que desprende este grupo humano, el relato reclama en voz alta un tratamiento igualitario entre personas diferentes, pero no como consecuencia, sino como prioridad, por derecho y por condición humana equiparable. El equipo de baloncesto tan variopinto de perfiles y capacidades que surge en la película mezcla humor y amor, alegría y bondad, y también miedos y barreras. Con naturalidad, consiguen ofrecer una visión real de la vida, plena, optimista y sonriente, gracias a que ellos son sencillamente felices jugando al baloncesto. Nos muestra la superación y el compromiso conectados a través del deporte, en el que caben todos y no hay sesgo para nadie. Y por supuesto la gratitud por las pequeñas cosas de la vida, esas que la mayoría damos por hechas, pero que para ciertas personas tienen un valor incalculable. Elevar esas pequeñas cosas al máximo nivel de prioridad e importancia, y darles el valor que se merecen, es otra de las lecciones que nos deja la película de Javier Fesser.



La moraleja final de la historia es un baño de realidad tremendamente agradable, un trago dulce que nos enseña a transformar lo que aparentemente es una derrota, un partido que se pierde, en una experiencia de vida que se gana por el hecho de ser, de estar, de compartir, de dedicar tiempo, alegría y energía a hacer cosas especiales con personas especiales. Una final que ya se ha ganado antes de jugar. El equipo protagonista se siente campeón aun fallando la última canasta, y celebra lleno de júbilo haber llegado hasta allí, pues en el camino han ido creciendo, superando sus límites, emocionándose con el equipo y el juego, y compartiendo la experiencia de sentirse más vivo.

Y en eso consiste la verdadera victoria. La de una película, la de un colectivo y un deporte, que se han unido para estremecer de emoción los rocosos prejuicios de una sociedad pasiva y adormecida. Canalizar esta llamada de atención social a través del deporte y del humor, algo muy nuestro, consigue suavizar la acogida que tiene su mensaje en nuestra conciencia global. Porque su impacto se cuela muy adentro y nos debe hacer sentir avergonzados, por llevar esa venda tan ridícula en los ojos durante demasiado tiempo. Pero también es un rayo de luz esperanzadora que debe hacernos despertar, para mirar de frente a los problemas de exclusión social actuales y ponernos manos a la obra en su resolución sin demora.

El cine y las artes son un excelente escaparate para mostrar este camino y alentar a su andadura. Y sin duda el deporte es el mejor acompañante para ello, un nexo donde converger en este cometido. Porque el deporte nos hace más humanos y más tolerantes, inclusivos y solidarios. El deporte desde la base social, desde el amor al crecimiento personal y a la superación de barreras. El deporte que es maestro y alumno a la vez, enseñándonos las lecciones más maravillosas. El deporte que empieza compitiendo contra uno mismo para ser mejor que el día anterior. El deporte que encuentra oponentes, pero no enemigos. Aquel que nos hace más libres, más sabios y nos ayuda a desprendernos de la suciedad de los prejuicios. El deporte que nos cambia el paradigma de un ganador, el que nos hace mejores por el mero hecho de vivirlo y sentirlo cerca, de compartirlo con todos, de abrir puertas y oportunidades a quien las sueñe. El deporte que es alegría convertida en movimiento, las endorfinas de la vida que son universales por derecho, sin discriminación. El deporte que nos hace Campeones a todos.

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