miércoles, 20 de febrero de 2019

Digitalizar el arbitraje deportivo: mejor justicia, mayor credibilidad y más juego limpio

En el mundo digital de hoy, de la tecnología punta y del impacto global e inmediato por las redes sociales y los medios, el deporte de alta competición debe evolucionar en su forma de ofrecer espectáculo. Y una forma esencial de hacerlo es avanzar con paso firme en la impartición de justicia sobre el juego, minimizando los errores humanos y emocionales de los jueces de cada competición. No puede quedarse atrás en esto, es de vital importancia para el futuro del deporte. Sin perder el atractivo y el dinamismo de la competición, el arbitraje en todos los deportes debe ir por delante, en lugar de como suele ir en estos tiempos (más bien rezagado y con la soga al cuello).Este actor fundamental no sólo del juego, sino pieza clave y sensible en el valor añadido del espectáculo y del propio negocio deportivo, no acaba de encontrar su sitio, se adapta tarde y ensombrece la competición de manera dañina para todos.

Es absolutamente imprescindible que la industria del deporte apueste de forma decidida por esto: invertir e introducir a gran escala la tecnología punta, la innovación y desarrollo en medios y soluciones avanzadas que soporten la toma de decisiones, ayudando a jueces y árbitros a valorar mejor todas las acciones posibles, en especial las más críticas. Buscando decisiones más objetivas, justas, precisas, rápidas y efectivas en los momentos en los que los partidos y el juego exigen una respuesta a la altura del evento, de los profesionales y de la masa social de aficionados y especialistas que hay detrás de ello. También al nivel que se merecen las marcas, medios y patrocinadores, que apuestan y ponen mucho dinero detrás de los torneos para hacerlos crecer con notoriedad. Y por supuesto, por el bien de las instituciones, organismos, asociaciones, entidades, clubes y federaciones que son los responsables de cuidar y fomentar sus propios torneos, de preservar la credibilidad de sus competiciones y asegurar su calidad, de manera que el entregable en forma de producto audiovisual de entretenimiento deportivo, retorne el valor que merece en el mercado.

En los últimos tiempos hemos observado grandes conflictos por las decisiones arbitrales tomadas en diferentes deportes y distintos torneos. Y todos debidos a alguna o varias de las siguientes deficiencias: falta efectiva de medios tecnológicos adecuados; imprecisión, mal uso o infrautilización de los medios disponibles; no aplicación correcta de la norma; disparidad de criterios y dudas; subjetividad basada en factores de error humano, y la no asunción de responsabilidades de los organizadores. El proceso cae en cascada y provoca una sangría de malestar y críticas en todos los sectores y por parte de todos los actores: del que gana, del que pierde, y de todos los entornos impactados. Y entonces la sombra de la duda, la desconfianza, planea en las aficiones y la opinión pública.



Es el momento de reclamar con fuerza mucha más tecnología, y de mayor calidad, en el deporte. Inversión, I+D. Debe ser una realidad palpable de verdad, no sólo palabras y proyectos a medio hacer. Y debe hacerse lo antes posible. Que se implanten más chips, más sensores integrados en todos los elementos posibles: en las líneas principales de los campos, pistas y canchas, en la indumentaria completa de los jugadores, en los aros, tableros, porterías, redes, en las pelotas y balones, en las piscinas, en las bicicletas y raquetas. Ojo de halcón, tecnología de gol, VAR reforzado, repetición instantánea, cámaras 360 con todos los ángulos disponibles, realidad virtual, imágenes tridimensionales y zonas de calor, trazabilidad automática a través de ordenador, detección de contacto y ayuda de robots/inteligencia artificial para interpretación de comportamientos, captación de gestos y palabras. Rearbitraje de jugadas en tiempo real. Iluminación, sonidos, alarmas, vibración. Tecnología de alto nivel, que ya está en el mercado, lista para ayudar a la imperfecta apreciación humana, la subjetividad y el error que lleva a la parcialidad en las decisiones. Se trata de mitigar la influencia de emociones en los árbitros, potenciando la aplicabilidad de la justicia evidenciada con medios.

Tecnología que debe traducirse en recursos (inversión) al mismo tiempo que en una mejora de los procesos que imparten la justicia deportiva ordinaria sobre la cancha, que es donde realmente tiene más valor. Esto exige un reglamento claro, simplificado, sin dudas y conocido por todos. Implica definir las situaciones de aplicabilidad, escenarios y criterios uniformes, y unanimidad en su empleo, con agilidad y sin titubeos. Tipificar claramente las razones que hay detrás de cada decisión, que deben ser llevadas a la práctica con clarividencia y personalidad por los árbitros. Para ello es clave mejorar y potenciar la formación, divulgación y soporte/ayuda a través del altavoz de los medios, las plataformas digitales, las instituciones y publicaciones de todos los participantes a través de los canales disponibles.

Asimismo, dentro de los estamentos arbitrales y sus comités, insistir en consensuar criterios profesionales, fijar las bases, resolver dudas y hacer frente común de manera transparente y ecuánime. Crear centros de excelencia, compartir mejores prácticas y dar un paso más allá en la credibilidad, limpieza y justicia del juego. Estamentos arbitrales que hagan autocrítica verdadera para mejorar y ayuden a calmar los ánimos y disminuir la crispación. En esta línea, debe haber un criterio de evaluación interno de los propios jueces de manera mucho más transparente y público, del todo objetivo. Que se traduzca en sanciones y multas a los árbitros al igual que a los jugadores, ante errores graves de aplicación y uso de su potestad. Y así eliminar toda sombra de manipulación.



El juego limpio será verdadero cuando la justicia deportiva sea más sólida, evitando con hechos el ruido mediático y demostrando que sí es posible mejorar la competición desde el reglamento. Deporte y tecnología a la altura de la nueva era digital, por favor. Competiciones que se anticipen antes de que ser arrolladas por el “tsunami mediático” de la crispación, las emociones y el desconcierto social de todos los sectores. Tecnología y mejora de procesos para liderar el cambio de modelo social y económico del deporte del siglo XXI, con un nuevo paradigma de justicia deportiva basada en la digitalización y la objetivación, que ampare un juego más justo, limpio y dinámico, con la emoción y la pasión natural del ser humano combinada con la precisión y la mejor capacidad posible de juzgar las acciones del juego.

Por la sostenibilidad del deporte y la credibilidad de sus competiciones, digitalización y arbitraje tecnológico YA.

miércoles, 6 de febrero de 2019

El deporte nos hace CAMPEONES

“Campeones” ha recibido el premio Goya a la mejor película española de 2018, y también lo ha recibido a título individual uno de sus personajes, Jesús Vidal, como mejor actor revelación. Esto es un hito sin precedentes. Nunca antes se había hecho una película tan intensa y retadora donde el fondo y la forma fuera un equipo numeroso (y no profesional) de personas con capacidades diferentes, donde el mensaje y la esencia de la película fueran tan directos al corazón sin pasar por la razón. Y el vehículo elegido para apoyarse en esta historia ha sido el deporte, el baloncesto como fuente inclusiva, generadora de diversidad y solidaridad. La dimensión social del baloncesto siempre ha sido uno de sus activos más potentes a nivel aficionado y de base, y con esta película hemos encontrado el altavoz perfecto para despertar conciencias y elevar el espíritu a través de una historia sencilla.

Historia que comienza etiquetando cual castigo el hecho de tener que entrenar a chicos discapacitados y formar con ellos un equipo, para jugar y participar en campeonatos. Es la penitencia de un enervado entrenador, condenado a ejercer trabajos sociales como permuta de una sanción administrativa. Quizás sea la manera de abordar el tema y suponga una llamada de atención, de que solo nos ocupamos de otros colectivos humanos más desfavorecidos cuando viene impuesto, forzado, cual actividad que casi nadie quiere realizar.



El vuelco que da la película sobre ese planteamiento, con el paso de los minutos, es digno de analizar. A través de la solidaridad, el trabajo en equipo y la inclusión, la vitalidad y alegría que desprende este grupo humano, el relato reclama en voz alta un tratamiento igualitario entre personas diferentes, pero no como consecuencia, sino como prioridad, por derecho y por condición humana equiparable. El equipo de baloncesto tan variopinto de perfiles y capacidades que surge en la película mezcla humor y amor, alegría y bondad, y también miedos y barreras. Con naturalidad, consiguen ofrecer una visión real de la vida, plena, optimista y sonriente, gracias a que ellos son sencillamente felices jugando al baloncesto. Nos muestra la superación y el compromiso conectados a través del deporte, en el que caben todos y no hay sesgo para nadie. Y por supuesto la gratitud por las pequeñas cosas de la vida, esas que la mayoría damos por hechas, pero que para ciertas personas tienen un valor incalculable. Elevar esas pequeñas cosas al máximo nivel de prioridad e importancia, y darles el valor que se merecen, es otra de las lecciones que nos deja la película de Javier Fesser.



La moraleja final de la historia es un baño de realidad tremendamente agradable, un trago dulce que nos enseña a transformar lo que aparentemente es una derrota, un partido que se pierde, en una experiencia de vida que se gana por el hecho de ser, de estar, de compartir, de dedicar tiempo, alegría y energía a hacer cosas especiales con personas especiales. Una final que ya se ha ganado antes de jugar. El equipo protagonista se siente campeón aun fallando la última canasta, y celebra lleno de júbilo haber llegado hasta allí, pues en el camino han ido creciendo, superando sus límites, emocionándose con el equipo y el juego, y compartiendo la experiencia de sentirse más vivo.

Y en eso consiste la verdadera victoria. La de una película, la de un colectivo y un deporte, que se han unido para estremecer de emoción los rocosos prejuicios de una sociedad pasiva y adormecida. Canalizar esta llamada de atención social a través del deporte y del humor, algo muy nuestro, consigue suavizar la acogida que tiene su mensaje en nuestra conciencia global. Porque su impacto se cuela muy adentro y nos debe hacer sentir avergonzados, por llevar esa venda tan ridícula en los ojos durante demasiado tiempo. Pero también es un rayo de luz esperanzadora que debe hacernos despertar, para mirar de frente a los problemas de exclusión social actuales y ponernos manos a la obra en su resolución sin demora.

El cine y las artes son un excelente escaparate para mostrar este camino y alentar a su andadura. Y sin duda el deporte es el mejor acompañante para ello, un nexo donde converger en este cometido. Porque el deporte nos hace más humanos y más tolerantes, inclusivos y solidarios. El deporte desde la base social, desde el amor al crecimiento personal y a la superación de barreras. El deporte que es maestro y alumno a la vez, enseñándonos las lecciones más maravillosas. El deporte que empieza compitiendo contra uno mismo para ser mejor que el día anterior. El deporte que encuentra oponentes, pero no enemigos. Aquel que nos hace más libres, más sabios y nos ayuda a desprendernos de la suciedad de los prejuicios. El deporte que nos cambia el paradigma de un ganador, el que nos hace mejores por el mero hecho de vivirlo y sentirlo cerca, de compartirlo con todos, de abrir puertas y oportunidades a quien las sueñe. El deporte que es alegría convertida en movimiento, las endorfinas de la vida que son universales por derecho, sin discriminación. El deporte que nos hace Campeones a todos.

domingo, 27 de enero de 2019

Seguir creciendo




Cuando te pasa por encima un ciclón en el mejor nivel de su carrera, pero sigues compitiendo hasta el final sin un mal gesto...

Cuando el respeto al juego y a la competición está por encima de todo porque eres un ejemplo para los niños y una inspiración para todos.

Cuando reconoces que has sido inferior a tu rival pero te felicitas por la alegría de poder jugar de nuevo, sano, y llegar a una final de Grand Slam tras superar lesiones complicadas en tiempo récord.

Cuando no te encuentras de ninguna manera en la pista y prometes seguir mejorando y nunca rendirte para volver mejor.

Cuando Rafa Nadal se hace enorme también de esta manera y agranda la leyenda del mejor competidor de la historia, por su resiliencia y valor en la derrota tanto o más que por su educación y generosidad en la victoria. GRACIAS RAFA una vez más por darnos una nueva clase de valores y coraje, por otra lección magistral sobre cómo aprender en todas las situaciones y aprovechar para crecer.

Y por supuesto enhorabuena a Novak Djokovic por el impresionante nivel de tenis demostrado y por ganar el Open de Australia de nuevo, el 15 título de Grand Slam de su carrera. Sublime demostración igualmente de recuperación física y mental, tras haber superado también fases difíciles de lesiones y tras las que ha ganado 3 grandes seguidos en los últimos 7 meses.
 

miércoles, 23 de enero de 2019

Nos duele a todos, Andy

Este Open de Australia 2019 que va llegando a su fin, no sólo va a coronar a los nuevos ganadores del primer Grand Slam de esta temporada. Nos deja un poso triste, estructural y generacionalmente hablando: la inminente retirada de uno de los grandes, Andy Murray. Lo planteó él mismo tras caer en primera ronda de este torneo en un partido épico a cinco sets contra Roberto Bautista.
En el año en que cumplirá los 32, todo parece indicar que este será su último año en el circuito ATP. Quizás se despida en Wimbledon, en su casa. Sería lo más emotivo. Todo dependerá de cómo consiga aguantar el dolor hasta entonces. Un dolor crónico en la cadera que no le permite rendir y competir como necesita un profesional, que le limita y que nos privará de unos años fantásticos que seguro aún estaban por venir con su tenis. Después de pasar por una complicada operación, el dolor no remite. Meterse de nuevo en quirófano al parecer no ofrece las garantías necesarias para que compense los riesgos que supone y sobretodo que mitigue la dolencia, lo cual le han llevado hasta el agotamiento físico y mental, viéndose abocado a una más que probable retirada prematura.
Perdemos a uno de los cuatro tenistas del llamado “Big Four” actual: Federer, Nadal, Djokovic, Murray. Un “gentleman” sobre la pista, un jugador incansable, tremendamente resistente, sorprendente y comprometido con el tenis de alto nivel. Un jugador con valores, defensor de los derechos e igualdad de sus colegas femeninas en el circuito tenístico. Un jugador decidido a doblegar su historia, digno sucesor de Fred Perry como el más grande en el tenis británico. Con 45 títulos a sus espaldas, entre ellos 2 Wimbledon y 1 US Open, 14 Masters 1000, 1 Copa de Maestros y 3 medallas olímpicas, el que fuera número 1 del mundo durante 41 semanas nos dejará huérfanos de talento.
Murray forjó su carácter de hierro desde muy pequeño, después de salvarse cuando apenas era un niño de una matanza tras un tiroteo mortal en su colegio. Desde siempre tuvo una resistencia inagotable, dentro y fuera de la pista. Se fue moldeando en todas las superficies, incluida la tierra batida, en la que con un ímprobo tesón quiso rebelarse ante la nefasta tradición británica en dicha superficie, progresando en ella más que cualquiera de sus predecesores isleños (llegó a jugar una final en Roland Garros). Su determinación por llegar a lo más alto se mantuvo firme incluso tras perder las cuatro primeras finales de Grand Slam que jugó.
Cuán insoportable debe ser su lesión para que este portento mental, que nunca dio una bola por perdida, que llegaba a devolver todo aquello que parecía imposible, diga basta. Cómo debe ser la limitación para que renuncie a una de las más brillantes carreras del circuito, con los años de madurez aun por venir. Tan dolorida debe de estar su cadera (y su mente), para que se rinda a la evidencia, a las lágrimas y a la impotencia de una carrera truncada injustamente. Es ese dolor suyo con el que agonizamos todos, el querer y no poder. Nos duele a todos, Andy.
La aceptación de este capítulo final de su carrera deportiva es un trago que se deberá digerir estos meses según avance la temporada. Otro paso más en la forja de una mente acostumbrada a batallar contra todo tipo de injusticias. Entre todas, ésta será la más amarga que presenta el mundo del deporte: las lesiones, aquellas que uno no elige pero que debe aprender a gestionar. En la pista quedará un enorme vacío, y el recuerdo de un gran pedazo de la historia del tenis arrancado antes de tiempo, pero que hemos podido saborear en la última década. Fuera de ella, las lecciones aprendidas de un caballero del deporte, una persona íntegra y solidaria, comprometida por superar barreras propias y ajenas.
Y por encima de todo un deseo, que el gran Andy Murray pueda liberarse de su dolor para seguir su vida, y consiga sonreír de nuevo, aunque sea sin la raqueta en la mano. Que además pueda seguir deleitando y enriqueciendo el mundo del tenis, desde el mejor lugar posible para él (sea entrenador, formador, asesor, gestor de torneos, especialista en medios, etc.), volcando así de vuelta en el circuito toda su experiencia, saber hacer y carisma. El tenis se lo debe y lo necesita, y todos se lo agradeceremos.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Thanks 2018



Thanks 2018 for bringing this spirit. You made us grow stronger, fighting for a life, no matter what it comes. Wishing 2019 and onwards plenty of health, courage, love and sport #happinessisachoice #donttellmeyoucant #justlive #wearealive #passion #sport

sábado, 8 de diciembre de 2018

Pasión que encierra la gloria…y el infierno

Boca Juniors y River Plate han protagonizado en las últimas semanas el pulso de la pasión en torno al fútbol. Una de lasrivalidades más apasionadas del fútbol mundial, entre los dos principales equipos de Buenos Aires, catalizada en un evento planetario, explosivo, único y (quien sabe) si irrepetible: la final de la Copa Libertadores de Sudamérica. Para que un europeo lo entienda, viene a ser (casi) como un Real Madrid-Barcelona en la final de la Champions. De infarto.

Una final que se juega a doble partido, en la que no se permite la entrada de la afición rival en campo ajeno como prevención de males mayores. Esto ya es un aviso a navegantes de cómo se las gastan allí las aficiones. El partido de ida en “La Bombonera”, la casa de Boca, se saldó con un interesantísimo empate a 2 goles.  ¿Y el partido de vuelta? Debía jugarse el sábado 24 de noviembre en el Monumental de Buenos Aires, la casa de River. No pudo disputarse, ni el sábado ni el domingo. Tampoco se va a poder disputar en Buenos Aires, ni en Argentina ni en el continente americano. El partido vuela para disputarse en el Santiago Bernabéu, en Madrid. Algo insólito y extraño, pero que le añade a este evento ya de por sí único y especial, un toque más de “histórico”. Por el partido, el momento, la competición, por el lugar. Pero también por el trasfondo que esconde.

El partido no se pudo jugar donde y cuando estaba previsto inicialmente por los incidentes violentos que hubo en las inmediaciones del estadio, y los problemas de seguridad y acceso que se dieron en las gradas. Se tuvo que suspender en el Monumental. El fútbol es, tristemente, un vehículo en el que consiguen infiltrarse grupos radicales, violentos y mafias de todo tipo. Es la suerte y la desgracia de que el deporte rey sea un altavoz tan potente y mediático, que algunos le dan un mal uso y se aprovechan de ello para dinamitar y generar miedo desde dentro del propio espectáculo. Esto en Latinoamérica se vive mucho más claramente, donde la extorsión, las amenazas, la infiltración y posición de dominancia de las mafias controlan e influyen en el tempo de la pasión futbolera. Y hacen mucho más difícil poder vivir, disfrutar y formar parte activa y tranquila de la hinchada civil, de la afición corriente que nada tiene que ver con el fuego cruzado que se ha instaurado en las cloacas del juego.

La pasión con la que se vive el fútbol en Argentina es tan intensa en su fervor como desmesurada en sus conflictos. La pasión que arrastra el puro juego, en la cancha, sobre el piso. En el césped, con el balón, los colores son puro corazón. Una manera diferente y única que tienen los argentinos de apoyar devotamente a sus colores, de ir a animar pase lo que pase con el resultado. Una pasión que les lleva a disfrutar y a vivir la gloria cual éxtasis, como pocos aficionados pueden presumir. Pero también, irreversiblemente, cuanta más pasión, intensidad de la hinchada y afluencia hay entorno a un equipo/ competición, mayor es allí el caldo de cultivo para las mafias: mayor es la crispación, la violencia, la extorsión. Y mayor es el infierno cuando colisionan hinchadas rivales con la excusa del fútbol, pues su enfrentamiento tiene más que ver con el odio, la lucha de poder entre clanes o familias, el control de los barrios, el dinero, las drogas o los ajustes de cuentas. Una lacra difícil de erradicar, un reflejo social que proyecta las miserias de las desigualdades.

Así las cosas, las medidas de seguridad se han extremado para el partido de vuelta. Se ha cambiado de continente, se vigila y supervisa la gestión de entradas, los viajes de los hinchas, así como la seguridad perimetral en los accesos al Bernabéu. Tenemos el privilegio de vivir una final de la Libertadores transoceánica, que se juega aquí pero allí, cuyo calor y pasión viene de lejos pero se contagia a todos.

Ojalá sea pacífico, ojalá la normalidad reine antes, durante y después. Ojalá no haya que lamentar violencia, heridos, incidentes o problemas de salud y seguridad que empañen este gran espectáculo. Ojalá sea sólo fútbol, todo fútbol, todo pasión en el verde de Chamartín. Ojalá el balón sea el mayor protagonista, ojalá los jugadores ayuden a transmitirlo a las aficiones. Ojalá que éstas vibren por sus colores como nunca, pero respetando a su contrario. Ojalá los niños puedan llevarse un ejemplo de convivencia sin precedentes. Ojalá cree jurisprudencia y pase a la historia como el derbi argentino más especial, más apasionado, más curioso y distante pero cercano y planetario, más amable y más bonito, más futbolero y más emocionante. Ojalá sea la fiesta más entrañable de la copa Libertadores, ojalá marque un antes y un después en el fútbol. Ojalá sirva para aprender y mejorar a los estamentos del fútbol. Ojalá limpie el veneno que trae internamente, ojalá sea un nuevo resurgir y que, sobre todo, sea un partido de fútbol y de paz. Es más necesario que nunca.

martes, 6 de noviembre de 2018

El efecto running: correr con sentido

El fenómeno social del running lleva ya unos años arrasando como opción que muchos eligen para hacer un deporte sano, accesible y gratificante para todo tipo de colectivos, edades y estados físicos. Correr es la actividad deportiva más primaria y básica que el hombre ha practicado desde sus orígenes: por necesidad de supervivencia inicialmente, y posteriormente con la evolución moderna, por placer, superación y bienestar. Por unas cosas o por otras, la gente disfruta sintiéndose un atleta que supera sus propias barreras, compitiendo contra el tiempo o contra los elementos.

Correr ejemplifica la sensación de libertad que el ser humano ha buscado siempre. Correr detrás de algo o de alguien, sólo o acompañado, en cualquier entorno, bajo cualquier condición ambiental. Con mejores o peores prendas y accesorios deportivos, adaptable a cada cual. Puede ser un fin en sí mismo, o un medio para conseguir otros objetivos, pero su sencillez radica en la naturalidad de arrancar y seguir, sin más. Correr engancha, genera una adicción hormonal positiva en nuestro cuerpo. Es cierto que requiere fuerza de voluntad, disciplina y compromiso, sobre todo al principio, como cualquier nueva rutina. Pero quienes lo prueban, repiten y buscan nuevas oportunidades para retarse a sí mismos, para descubrir hasta dónde pueden llegar.



El running, como se conoce hoy en día el hecho de salir a correr, tiene una dimensión muy potente, más comprometida socialmente, con un impacto personal y motivador como nunca hemos visto. No hay más que observar el número creciente de carreras y pruebas populares tanto urbanas como campo a través que existen (maratones, media distancia, cross, etc.). Ciudades y poblaciones que se paralizan por eventos en los que miles de corredores acuden a la llamada de sus piernas, de su corazón. Manadas heterogéneas que pueblan las calles o los campos durante unas horas y actúan como altavoz de reclamo solidario,  de compromiso social y evolutivo.

Sirva de ejemplo el reciente maratón de Nueva York, donde se ha batido el récord mundial de participación en una prueba de este tipo (más de 52.000 personas terminaron la carrera), con el consiguiente esfuerzo y dedicación logística y urbana que ello conlleva para los organizadores, patrocinadores, ayuntamientos/gobiernos y estamentos del orden público. Es un reflejo del efecto contagio que esta participación en grupo está generando alrededor del mundo. En España, donde el clima que tenemos en la mayoría del país es envidiable para correr, y las condiciones y recorridos geográficos son óptimos para el running, también estamos sabiendo explotar esta riqueza deportiva y social a través de carreras por todo el país, con motivos variados y enriquecedores: solidarios, infantiles, concienciación, salud, igualdad, derechos sociales, vida saludable, etc.



Las carreras organizadas incluyen una mezcla de motivaciones muy poderosas, llamadas a generar cambios y comportamientos sociales de apoyo. Hoy corremos por causas solidarias, por organizaciones benéficas, por víctimas de diversas tragedias personales, ambientales, sanitarias o humanitarias. Nos hacemos más fuertes y vamos juntos a correr por un motivo compartido. Viralizamos nuestro espíritu de superación para apoyar como podemos a algo que nos toca, a través de una actividad que nos hace sentir bien. Es un efecto win-to-win, en el que la gente sale a disfrutar a la calle para hacer deporte y su beneficio redunda no sólo físicamente y emocionalmente en los corredores, sino económicamente y moralmente en los más desfavorecidos y necesitados.

Correr es un efecto de respeto y pluralidad, un elemento de cohesión social que nos está uniendo mucho más que nunca en los últimos años. Y debe seguir en auge, potenciándose su práctica para hacer más sostenibles nuestras piernas y corazones, nuestra salud mental y emocional, nuestra educación social y formación de los más jóvenes, nuestra lucha contra la exclusión social, las sustancias nocivas y los malos hábitos de consumo y alimentarios, incluso nuestra manera de relacionarnos, de generar movilidad sostenible y de proteger nuestro ecosistema natural.

Corremos deprisa y despacio, cada uno a su ritmo. Andar rápido y hacer marcha también valen, y mucho. Del uso de nuestras piernas para desplazarnos también nos beneficiamos todos a la hora de disminuir la contaminación del planeta, contribuyendo en la medida en que aumenta esta práctica en la población (junto con las ayudas y mejoras en infraestructuras, y de conciliación laboral), el facilitar desplazamientos cortos andando o corriendo al trabajo, o hacia los lugares donde nos dirigimos.



Todos tenemos un atleta dentro, un ferviente practicante del atletismo y sus carreras, del running. Cada vez hay más gente que siente esa llamada y lo saca a relucir, y corre, corren, corremos. Corremos para coger el autobús, para que no nos cierren la tienda, para llegar a tiempo. Corremos al parque, al médico, al trabajo o al colegio. Corremos los lunes y también los domingos. Corremos para estar en forma, para adelgazar, para sentirnos mejor, para ayudar a otros, para llegar más lejos o para explorar los límites. Corremos para evitar malos vicios, para reengancharnos a la vida, para cambiar de rumbo y encontrar nuevas experiencias. Corremos con sentido y por un motivo, o corremos para buscarlo y encontrarlo en nosotros mismos y en nuestro esfuerzo. Corremos por sentimiento de pertenencia, por relación social, por vínculo con nuestra comunidad,  pueblo o país. Sea como sea, corremos por nosotros, por el de al lado, por el primero y el último, por los que no pueden hacerlo o por los que ya no están. Corremos por diversión, por amor, por salud y por emoción, por compromiso, por responsabilidad y porque sí. Corremos porque la naturaleza nos enseñó a hacerlo, porque mientras sigamos corriendo siempre tendremos algún sueño que perseguir, alguna meta que lograr, o simplemente disfrutar de la alegría de sentirnos vivos.









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