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lunes, 12 de octubre de 2020

VAMOS a ser mejores: por qué Rafa Nadal es un espejo vital para la sociedad

 

Todo intento de contar esta nueva hazaña de Rafa Nadal se queda corto al lado de la leyenda que él sigue forjando y ampliando. Yo al menos no encuentro las palabras que describan lo que habla por sí solo en imágenes, en datos, en trayectoria. Simplemente trato de compartir una reflexión que nos permita aprovechar esta oportunidad. Hago una aproximación vital para lanzar un mensaje de esperanza, al hilo de lo que me transmite este tenista único y diferencial.

Situémonos. Otra vez aquí, París. Con frío y viento otoñal, pero la misma historia de amor entre el torneo francés y el mosquetero español. Otra vez igual, pero totalmente diferente. En medio de una tormenta indomable de sufrimiento mundial, en el baile de máscaras de la humanidad, el oasis de paz puede ser el deporte, unos días mágicos de tenis, y cómo no, Rafa Nadal. Una distracción, un paréntesis de desconexión emocional y de merecido entretenimiento social.

Sin ser lo urgente ni lo más importante, pero qué relevancia tiene esto para poder respirar. Para buscar algo de nuestra extrañada normalidad. De nuevo Rafa levantando un trofeo en Roland Garros. Por insistencia, por convicción real. Por perseverancia en el día a día, por amor y respeto al trabajo bien hecho, por aceptación y humildad. Por fortaleza en el pulso mental. Juego, set, partido y campeonato para Nadal. Y son ya 13, qué barbaridad…. suma y sigue hasta los 20 Grand Slams.

Y, sin embargo, aun en los momentos más épicos, los pies de Rafa siempre en la tierra (batida). La realidad ponderada y las opiniones con mesura en su cabeza. Lo que es importante de verdad en la vida lo hemos vuelto a ver reflejado sobre la arcilla parisina en la figura de un chaval que desde hace años no es solamente el mejor deportista español de la historia y uno de los mejores del deporte mundial de todos los tiempos, sino un líder social que inspira a ser la mejor versión de uno mismo. Su figura y su legado trascienden mucho más allá de la pista, de sus logros, del deporte, de su país. Por ese compendio de virtudes que cultiva, empezando por la actitud para afrontar cualquier reto, para competir. La capacidad para mantener una mentalidad positiva, la búsqueda incansable de soluciones a los desafíos, sin bajar los brazos jamás. La naturalidad para reconocer y afrontar el éxito y el fracaso, asumir en primera persona los errores y compartir generosamente los aciertos con su equipo. La empatía que nace desde la emoción natural, de una persona sencilla y llana que conecta con la gente, con la sociedad más plural.

A mí me emociona hablar de lo que supone Rafa Nadal. Porque es un espejo vital que devuelve todo lo que hay. Literalmente, tanto desde el fondo de la pista como en la vida fuera de ella. Porque es un reflejo esperanzador del ser humano, una versión mejorada de nosotros mismos. Una persona especial que proyecta un discurso muy claro desde su altavoz tenístico y deportivo en general. Porque ayer, hoy y siempre, mires donde mires, Nadal podría ser parte de cualquier pandilla de amigos de este país. El hijo de millones de padres. El compañero perfecto para todos los equipos que existan. El socio idóneo de cualquier colectivo. El adversario que más te va a exigir al competir. Y al mismo tiempo, es la mejor guía de referencia que podemos exportar de la marca España. Un carisma que escasea en los tiempos que corren a nivel psico-social, un modelo de educación exquisita, sin complejos, tan equilibrado como pasional. Es el mejor ejemplo de talento curtido sin excusas, a base de aprendizaje flexible y superación personal, del que se deben aprender mil lecciones. Es la leyenda más humilde y cercana que jamás va a existir, la historia de éxito con la que millones de personas se pueden identificar.

A través de su juego, sus gestos, sus acciones…es esa manera diferente y sencilla de transmitir su mensaje. Ver a Rafa en pista reconforta, da paz. Sentir sus emociones como nuestras. Ver que en la victoria y en la derrota, hay una mejor manera de actuar. ¿Quién no quiere ser como Rafa Nadal?

Esta nueva victoria de Rafa me emociona, porque ahora más que nunca, nos hace falta creer y crecer como sociedad. Apoyarnos en ello nos puede empoderar, en un momento en el que nos toca aceptar, perdonar y levantar. Necesitamos dar respuesta a una situación de emergencia mundial, y quizás la mejor manera sea bajar el tono, rectificar, aprender de los errores y empezar a sumar de verdad. Creo que Rafa nos muestra este camino cada vez que le vemos jugar, y en estas circunstancias, es el ejemplo que debemos tomar para ganar el partido como especie humana, como animal de convivencia social.

A mí me emociona Rafa, por la aspiración de alcanzar una mejor versión de la sociedad. En estos momentos de crisis, yo me apoyo en la historia que compartimos todos con Nadal. El espejo de un deportista único y ejemplar. VAMOS a lucharlo. VAMOS a aprovechar esta oportunidad, a aprender y a ser mejores de verdad.

domingo, 3 de mayo de 2020

Robinson: el fútbol y la alegría de vivir



Tiempo de lectura: 4 mins.

Michael Robinson ha sido la sonrisa importada del fútbol inglés en los medios audiovisuales españoles durante los últimos 30 años. El fallecimiento reciente del exfutbolista y comunicador deportivo ha dejado un gran vacío para varias generaciones que hemos crecido, aprendido y vivido el fútbol con su voz de fondo.

Más allá de comentar y analizar el fútbol como pocos en su versión técnica y táctica, de sus preferencias de estilo, jugadores o equipos, Robinson dejó una impronta única en la manera de disfrutar su profesión y de conectar con la audiencia. Transmitía una alegría sincera por todo lo que el fútbol le permitía vivir, y una gratitud especial por la oportunidad que se le dio en España.
Su simpatía al hablar, esa mezcla única de flema inglesa y acento primario, junto con su dominio disfrazado del castellano, le otorgaron su particular marca registrada y diferencial en las narraciones de eventos futbolísticos y programas deportivos. La pausa reflexiva, esa gran sonrisa y el humor que caracterizaban sus intervenciones le convirtieron en un comunicador muy querido, una referencia fácilmente identificable e imprescindible de nuestro fútbol.

Robinson hizo suyo el estilo de vida basado en el amor al fútbol y en la alegría de vivirlo cada día un poco más. Fue un enamorado de su trabajo, que como él mismo comentó en reiteradas ocasiones, no suponía trabajo sino diversión. La misma diversión que era capaz de transmitir a los espectadores, porque conectaba desde un plano muy sencillo, directo: sin filtros. De la misma forma que al niño que vibra con su pasión se le permiten algunas chiquilladas, a Robinson, en su condición de extranjero, el guiño a su uso particular del castellano le permitió asumir una cierta licencia especial: no necesitaba ser políticamente correcto para hacer bien su trabajo. Siempre expresó lo que pensaba sin miramientos, sin rodeos. Era claro y natural en sus argumentos, no se casaba con nadie ni tenía pelos en la lengua. Y lo sabía hacer sin crispación, con buen talante y simpatía. Por eso fue único en su manera de ganarse a la audiencia española. Porque, además de su amplio conocimiento, visión exquisita y acertados planteamientos futbolísticos, con su jerga propia y estilo único de filósofo amable del fútbol, supo encontrar su sitio exacto entre la pasión del aficionado español y el rigor deportivo del fútbol moderno.

Aún resuenan en nuestras cabezas sus inconfundibles comentarios si cerramos los ojos, aún vemos el gol en su mirada y la sonrisa en su rostro. Pero la voz de Michael Robinson, tan característica y tan llena de vida, una compañía tan constante como el rodar semanal del balón en nuestro fútbol, se apagó con enorme tristeza para todos, para siempre. Se fue después de sonreírle una y mil veces al césped de cada estadio, de agradecerle al fútbol por el partido de su vida y a la gente por darle tanto cariño, por darle sitio y profesión en su corazón. Se fue con muchas cosas por decir y muchas emociones que narrar. Se fue en un momento interrumpido, dejándonos a medias de una extraña temporada, quedando sin completar tantas palabras pronunciadas en su particular lengua castellana. Se fue dejándonos esa alegría de vivir por y para el fútbol, hecha la profesión de quien lo lleva muy adentro, esa que nos enseñó y esa que tanto siento.



domingo, 2 de febrero de 2020

Querido Baloncesto....






5 min

Querido baloncesto, tú ya lo sabes, pero tengo que contarte esto. Kobe Bryant ya no está, se lo ha llevado la inmortalidad. Falleció hace apenas una semana, sacudiendo el despertar de medio mundo, y sobrecogiendo el sueño de la otra mitad. Desafiando la incredulidad del planeta, que se ha resistido a creer la verdad de una pérdida que trae, en el sentido más amplio y plural, una devastadora sensación de dolor y orfandad.

Querido baloncesto, te hablo de Kobe, aquel chico insolente con personalidad arrolladora, cuyo aterrizaje en las pistas generó grandes odios y enemigos iniciales. Evaluado con gran dureza y criticado por su atrevimiento, quizás porque no le entendían, tal vez porque le temían. Ante el valor de quien había llegado, no asimilaban el reto mayúsculo que proponía. Ni siquiera él mismo en sus comienzos supo entender su propia grandeza y su camino, vehiculizado en un joven algo arrogante, impaciente y ávido de un éxito sin madurez.

Pero el 8 incomprendido supo transformarse en el 24 de futuro para dar forma y verdad a su baloncesto y a su carrera, a su propio corazón de atleta. Entendió con encomiable humildad y profundo respeto su don y su lugar, y lo aterrizó para todos. Esa voluntad de trabajo, inmensa e inagotable, esa mentalidad ganadora permanentemente insatisfecha del que siempre busca mejorar. Esa vocación de entregarse en cuerpo y alma al juego, a la gente y a la historia a través de tu lenguaje, querido baloncesto.



Ese talento de púrpura y oro cuyo único pecado fue la superlativa ambición por igualar y superar la carrera de Michael Jordan, ¡qué osadía! O quizás aquello fuera su gran virtud: tener tal valentía, determinación y confianza en sí mismo para entender su misión en la vida, y presentarse ante el mundo como el sucesor, mirando sin miedo a los ojos de la historia, por mucho que la tarea fuera abismal. El coraje y el talento que le diste, querido baloncesto, le hicieron entender que no era necesario destronar al rey, sino esencialmente potenciar, engrandecer y continuar la labor de este por el bien común del deporte, de la sociedad.

Kobe lo entendió generosamente, y lo hizo por amor. Por amor a ti, querido baloncesto. Por amor al juego, a la superación personal, al legado que queda para siempre. Porque le diste la fuerza para ser la mejor versión de sí mismo, y hacer lo propio con los de su alrededor. Porque tú, querido baloncesto, le llamaste para inspirar a generaciones enteras, millones de aficionados dentro y fuera de las pistas durante años, y le diste alas para volar alto, para buscar la victoria y la evolución sin descanso. Fuiste tú quien sacó lo mejor de su ser para entregárnoslo a todos nosotros, querido baloncesto, para disfrutar de él y con él en un camino de vida que sabe a entrega infinita.



Hasta en la despedida, la “Mamba Negra” fue fiel a sí mismo, querido baloncesto. Como el propio Kobe barruntó de manera escalofriante en el guión de su vida, se ha ido antes de tiempo por amor a la leyenda, a ser inmortal en nuestra mente y corazones, eternamente joven, jugador, ganador e inspirador. Eternamente osado y dispuesto para los retos imposibles, eternamente agradecido por haber competido y compartido, haber ofrecido a todos y enseñado su camino, por haberse vaciado contigo. Por eso Kobe quedará para siempre grabado en las alturas del baloncesto, en el lugar de la historia que tú elegiste para él, sentado a la derecha de Jordan y esperando al otro lado a LeBron.

Querido baloncesto, hoy Kobe descansa contigo en el cielo, pero en nuestro corazón colectivo queda un enorme vacío, y el mundo llora su ausencia en tremendo duelo. Demasiado pronto, nos han arrancado una parte esencial de muy adentro, más allá del jugador, sus números, de los títulos y del juego, de la persona, el padre, el mentor y del embajador en vuelo, hemos perdido una conexión del alma, una raíz de inspiración que nos anclaba a este suelo. Este impacto socava a la humanidad y al deporte entero. Pero toca seguir adelante con la memoria y el legado de Kobe, como él habría querido, para así crecer juntos y más fuertes, superarnos y hacerte más grande a ti, querido baloncesto. Porque nos han quitado al hombre y su cuerpo, pero no al mito, la leyenda, los recuerdos, la inspiración, sus valores y sus gestos, que serán eternamente tuyos y nuestros.

domingo, 19 de enero de 2020

¡Trata de pararlo!

“¡Trata de arrancarlo, Carlos, trata de arrancarlo por Dios!”, le decía el copiloto Luis Moya a Carlos Sainz en noviembre de 1998, cuando a menos de 500 metros de la meta, a punto de ganar el que hubiera sido su tercer Mundial de Rallies, su coche se averió, y el título se perdió. La desgracia deportiva más famosa que acompaña la trayectoria de Carlos Sainz, a la que se sumaron bastantes más, hicieron pensar allá por los años 2000 que la carrera deportiva del bicampeón mundial podía estar próxima a su fin. Enfilando los 40 años, el panorama parecía entonces proclive para pasar a un segundo plano.
Nada más lejos de la realidad. El espíritu de superación y la pasión por el motor del piloto madrileño le llevaron a no rendirse nunca, y a seguir peleando por su carrera, por mantenerse en activo haciendo lo que más le gusta. Ha conseguido reinventarse de tal manera que hoy es tricampeón de coches del Dakar, la carrera más exigente y dura del mundo. Enorme preparación, disciplina y esfuerzo para mantenerse en la élite de un deporte tan intuitivo como táctico, tan impredecible como ingrato, tan sacrificado como intenso.



Carlos Sainz es un estratega en ruta que planifica y domina como pocos los registros más importantes del mundo del motor sobre cuatro ruedas. Su constancia y confianza, su resiliencia más allá de las adversidades sufridas, no han hecho más que agrandar el mérito y el coraje de esta leyenda del deporte. A sus 57 años, sigue dando lecciones admirables de pilotaje, de planificación de carreras y de competitividad insaciable. Con una veteranía puesta al servicio de su inteligencia deportiva, practicada con una gran humildad y una tremenda autenticidad, nuestro campeón mundial parece no tener límites en los retos venideros.

Su ambición por seguir reinventándose año a año, por ponerse a prueba con nuevos equipos, motores, compañeros, pruebas y entornos, es el carburante que le hace incombustible, irreductible al desánimo, al paso del tiempo, a seguir compitiendo y ganando. Carlos Sainz, con los pies en la tierra y disfrutando el presente, se ha convertido en un fenómeno de horizontes lejanos, la leyenda que consiguió dar un vuelco a su estigma gafado para encontrar nuevos retos en los que triunfar.



Un enorme ejemplo de superación, adaptabilidad y evolución, que sigue generando admiración allá por donde va, abanderando nuestro deporte y agrandando la marca España, al volante de una carrera deportiva a la que, mirando hacia atrás, sonríe al recuerdo del “trata de arrancarlo”, pensando que más bien habría que decir: “¡trata de pararlo!”

martes, 26 de noviembre de 2019

Resiliencia en duelo: Bautista levanta el vuelo

Tiempo de lectura: 3 min

En el último año y medio Roberto Bautista ha logrado los mejores números de su carrera tenística, llegando a situarse en la novena posición del ranking mundial. En el mismo periodo de tiempo han fallecido su madre y su padre. Una mente en duelo que es capaz de mantener ese nivel competitivo a pesar de estos durísimos golpes se explica desde la resiliencia más disciplinada, la motivación y el respeto profundo a la esencia propia.

La semana pasada, en plena competición de Copa Davis, Bautista tuvo que abandonar la concentración del equipo español ante el empeoramiento de la salud de su padre, que finalmente fallecía el viernes. Apenas veinticuatro horas después, el jugador sorprendió a todo el mundo volviendo a estar junto al equipo nacional de tenis, para apoyarles en una competición en la que se habían clasificado para la final a pesar de las adversidades físicas y personales de sus miembros. No sólo eso, sino que el domingo se encontró con la fuerza y determinación necesarias para jugar uno de los partidos decisivos de la final. Y ganarlo, para allanar el camino hacia la conquista del sexto título mundial para España.

Su entereza es realmente inspiradoras. Honrar la memoria de un padre, mostrando lo que mejor sabe hacer dentro de la pista. Jugando con coraje y valentía para dedicarle su mejor versión, en la victoria más complicada de su vida. Aceptar el duelo y seguir, interiorizando el golpe emocional. Sostener la tensión y susurrar de la nada al corazón. Salir a la luz cuando te envuelve la oscuridad. Buscar cariño y consuelo en tu pasión, tu equipo, tu profesión. Encontrarlo en la pista, en el juego y en tu tesón. Sentir el calor y la cercanía de la afición. Subir el nivel hasta dar tu máxima expresión. Recoger de la grada todo el respeto, gratitud y  admiración. Flotar en el limbo entre dos mundos sin entender por qué, con muchas preguntas sin poder responder, pero llevado en volandas por talento y amor propio, por la gente, por ese momento de la historia y la competición. Agarrado a un equipo que es parte de ti, amigos que te arropan como una familia y que admiran esas ganas de luchar por ti mismo, por ellos, por nosotros y por todos. Enganchado a un deporte que corre por tus venas sin poder detenerse ante nada ni nadie, porque te hace sentir más vivo a pesar de la cercana muerte. Porque nadie lo entiende pero todos lo sienten.


Roberto Bautista nos dejó impactados a todos con su fuerza de voluntad y su compromiso, y por su capacidad de superación en un momento así. Un comportamiento asombroso, memorable y digno de analizar. De cómo la mente es capaz de todo, a pesar de todo. De cómo a pesar de los durísimos golpes, uno siempre puede elegir cómo aceptarlos para levantar su vuelo. De cómo un deporte y un equipo inspiran para hacerte más fuerte. De cómo el compromiso con la vida, siempre puede con la muerte.

Gracias Roberto, por dejarte abrazar por España entera y levantar tu vuelo, alzando la memoria de tu padre de Madrid al cielo, en una ensaladera de plata y tenis que deja para la historia la impronta de tu duelo.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Se terminó el Catering

Se retira del baloncesto uno de los mejores jugadores de la historia de nuestro país, José Manuel Calderón. Un jugador de un valor incalculable, de la mejor generación histórica que ha dado este país. Probablemente uno de los que más ha honrado este deporte dentro y fuera de la pista. Un tipo normal, educado, sobrio, discreto. Apasionado por el juego puro. Sin una mala palabra, gesto o aspaviento en toda su carrera.

Con una cabeza prodigiosa para llevar la batuta en la cancha, una exquisita capacidad de dirección del juego, de distribución y generación de oportunidades de ventaja para el equipo. Constructor de un estilo propio, capaz de manejar el firmamento del baloncesto en sus manos. “Mr. Catering”, como le apodó el gran Andrés Montes, ha sido el play-maker español por antonomasia. Porque supo como nadie hacer brillar aun más a los que tuvo a su alrededor, y los hizo mejores gracias a su generosidad y a su inteligente lectura del juego.

“Calde” se retira tras una extraordinaria carrera de más de 1.000 partidos y 20 años en la élite del baloncesto mundial (6 en ACB y 14 en diversas franquicias NBA). Además, ha sido pieza capital e integrante básico de “La Familia” en la selección española de baloncesto durante más de 14 años. Nació con ella, fue un junior de oro, y se lleva en su palmarés no sólo las medallas de todos los colores en Mundiales, Juego Olímpicos y Europeos, sino lo más importante: una colección de recuerdos, vivencias, historias de superación, profesionalidad, momentos mágicos e inolvidables de baloncesto que forman parte de la historia legendaria de nuestro país, y de la aportación esencial que ha brindado a este deporte para hacerlo crecer y superarse.



Dicen que el ser humano se acuerda y valora especialmente las mejores cosas de la vida cuando ya no las tiene, y algo así nos está pasando ahora que se nos termina el (Mr.) Catering de José Calderón. Siempre al servicio del equipo, siempre disfrutando del momento presente en pista. No se cansó de aprender del baloncesto ni de darle todo lo que llevaba dentro. Un alumno aventajado, profesional aplicado, compañero fiel. Un deportista que ha enriquecido todos los equipos y competiciones en los que ha participado. Que ha enseñado a tantos jóvenes cómo desde la cabeza se ganan partidos y desde el corazón se conquistan las gestas más emocionantes e impensables.

La ejemplar carrera profesional de “Calde” como jugador de baloncesto llega a su fin en un ejercicio de tremenda sinceridad, honradez y reconocimiento. A una personalidad sencilla y también- jugando con las palabras de su localidad natal, Villanueva de la- “Serena”, a una labor que ha dignificado la esencia de juego del baloncesto, haciéndolo fácil, intuitivo, fluido y templado. Seguirá aportando mucho a este deporte desde fuera de la cancha (en la asociación de jugadores NBA), pero echaremos de menos verle en pista repartiendo juego y cortando el bacalao, penetrando en bandejas de plata, dominando el tempo y dando lecciones de pausa y acción, cabeza fría, los tiros lejanos y la anotación desde el corazón. Se nos acaba el Catering del baloncesto con Calderón, agradecidos eternamente por su tremenda e inolvidable aportación al baloncesto español. ¡Gracias Calde!

domingo, 13 de octubre de 2019

Decisiones cuestionables


Hace unos días concluyó en Doha el campeonato del mundo de atletismo. Y lo hizo dejando, en términos generales, sensaciones muy pobres y decepcionantes. De haber dado no uno, sino varios pasos hacia atrás en el desarrollo de la competición y en el progreso de este deporte. Respecto a la organización, a la logística, al impacto mediático. También respecto a la gestión social de la competición, los deportistas y al legado que un evento de este tipo debe de transmitir.

Los petrodólares llevan ya varios años inundando con fuerza los negocios en todos los sectores, y el deporte no es ajeno a ello. La tendencia es creciente, y cada vez existen más entidades participadas por magnates de ultramar, y competiciones deportivas internacionales que se están llevando a países emergentes que quieren asociarse con la fuerza del deporte para ganar pujanza y visibilidad en el mundo. Harina de otro costal sería analizar la integridad de los procesos de elección de estas nuevas sedes, y de cómo ciertos intereses y “lobbies” presionan para conseguir adjudicaciones insólitas.

Es no sólo lícito sino necesario que el deporte sea de todos, y que la universalidad de sus competiciones se traslade a todos los rincones del mundo para contagiar su inspiración y sus valores, en pos de construir un mundo más amable. Ahora bien, con sentido común, conocimiento, experiencia, estructura, coherencia y planificación, para que el deporte consiga hacer mejor al país o región donde se traslade, y no al revés. Deberían existir unas normas mínimas, unas reglas y condiciones sociales innegociables en todos los lugares que opten a organizar un evento deportivo premium, cosa que no ha ocurrido en Doha.

La IAAF tomó la cuestionable decisión de organizar el campeonato del mundo en Qatar, y en septiembre. Un país con la misma potencia económica que ausencia de sensibilidad por la igualdad, los derechos y libertades sociales. Una región con un interés extraordinariamente creciente por situarse como referencia en el “mapamundi” de las competiciones, inversamente proporcional a sus condiciones climáticas para la práctica deportiva, a su capacidad de organización y a su conocimiento del deporte a nivel profesional. Los resultados demuestran que esta designación fue una completa irresponsabilidad.


Lo que hemos podido ver en los medios ha sido bastante desolador para el deporte en general y para el atletismo en particular. Un fracaso de mundial: pobre asistencia a los estadios, gradas semivacías ocupadas por espectadores instados a asistir, carentes de tradición, conocimiento, pasión e intensidad por las competiciones que se desarrollaban en pista. Apatía, pasotismo y falta de implicación emocional con los deportistas. Atletas intimidadas e incómodas por la extrema desigualdad y el machismo desmedido incluso en plena competición. Inmadurez en la gestión de las instalaciones, acreditaciones y zonas comunes con los atletas y sus equipos. Programación y horarios deficientes, audiencias desinfladas, carreras en condiciones esperpénticas de calor y humedad, frío incomprensible en el acondicionado estadio principal. Son riesgos innecesarios los que se han corrido a nivel humano y sanitario, social y económico, a nivel reputacional y de impacto mediático. Empeñarse en ir contra natura no suele ser recomendable, y el atletismo ha pagado cara una decisión tan cuestionable como peligrosa por parte de sus máximos dirigentes.

Y es un aviso a navegantes porque esto no ha hecho más que comenzar (al fondo se vislumbra el mundial de fútbol en Qatar 2022). Corremos el riesgo de que si no se protegen y se aseguran las mejores condiciones y entornos para el desarrollo de la alta competición, ciertos eventos y/o entidades deportivas corren el riesgo de diluirse y perder su impacto, identidad, fuerza, su senda de crecimiento global y la sana afición que les acompaña y les nutre constantemente. Que se lo digan si no estos días a los seguidores futboleros del Málaga, Valencia o Almería, por ejemplo, o en su día al Getafe y al Racing de Santander, donde los magnates no acaban de entender el concepto de economía y deporte global en el contexto de idiosincrasias y culturas locales. Poniendo en riesgo el equilibrio financiero de competiciones y clubes en todo el mundo por los caprichos egoístas y el maltrato de sus juguetes deportivos, gestionados fríamente como si fuesen un oleoducto o gasoducto cualquiera.

El deporte, como cualquier otro negocio, con sus intangibles añadidos de salud y emoción, debe proteger sus activos principales a toda costa: valores, deportistas, instituciones, normativa y competiciones, y debe ser muy cauteloso a la hora de tomar ciertas decisiones e involucrar a ciertos actores en su entramado empresarial. La inclusión de financiadores corporativos es necesaria pero no a toda costa: debe ser razonable, analizada y supervisada, además de formada y madurada con el tiempo y la experiencia. El comportamiento de la financiación disruptiva emergente en el deporte, que precipita actuaciones y decisiones sobre eventos estratégicos, y acorta plazos buscando exprimir el elixir de una gran competición o entidad deportiva, es un tema muy delicado que pone en riesgo la salud y la sostenibilidad del modelo de toda la industria del deporte.

martes, 17 de septiembre de 2019

Cuando el baloncesto nunca te abandona

Jugando al baloncesto llegamos a la cima del mundo. Somos campeones mundiales por segunda vez en nuestra historia. Sufriendo, creyendo, creciendo y luchando contra todo. Contra nuestras propias dudas y miedos, nuestros críticos y aficionados, contra los rivales y también las trabas del camino. Somos afortunados de vivir este momento especial. Está permitido emocionarse, llorar de alegría y pellizcarse. Esto es real pero no ha sido gratis. Ha sido un camino extenuante, lleno de altibajos, de superación conjunta y de victoria tan merecida como inesperada, de lecciones tácticas, técnicas y humanas. Ha sido un triunfo desde el corazón del baloncesto, de nuestro ADN deportivo. Esta selección, la más laureada de todos nuestros deportes colectivos, ha culminado de manera sublime un durísimo asalto de cuatro cuartos que ha durado casi dos años.

  •  Primer cuarto: agradecimiento manifiesto a los héroes de las ventanas
Seamos agradecidos y hagamos ejercicio de memoria. Este mundial es un milagro, una carrera de obstáculos sin descanso que ha exigido el mayor ejercicio de unión, esfuerzo y confianza en el grupo al que jamás se haya tenido que enfrentar el baloncesto español. Nadie daba un duro por España ya desde el inicio de la fase clasificación. Hablo de finales de 2017 cuando comenzamos la andadura de las “ventanas FIBA”. Una trampa envenenada en la que los lobbies del baloncesto, enfrascados en luchas de poder y negocio, trataron de ahogar el espectáculo y adulterar la competición haciendo inviable el calendario para que la mayoría de jugadores de primera línea de las selecciones nacionales (aquellos que juegan en las competiciones punteras del baloncesto mundial- NBA, Euroliga, etc.), pudieran disputar la fase de clasificación.

España es una de las que se vio más mermada, y nuestra presencia tanto en el mundial de China 2019 como en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020 empezó a verse poco clara. Más aun con la dureza de los rivales que nos aguardaban: Eslovenia (actual campeón de Europa), Montenegro, Bielorrusia, Ucrania, Letonia y Turquía. Ahí es nada. Doce partidos tortuosos en algo más de un año que nos exigían el máximo desde el principio, un reto mayúsculo. Tocaba construir un equipo de mimbres nuevos, de clase media enraizada en los valores más esenciales de nuestro baloncesto para estar a la altura de nuestra historia y clasificarnos para jugar el mundial: equipo, equipo, equipo. Confianza en el grupo, en el compañero, siempre, hasta en los peores momentos. Esfuerzo e ilusión sin descanso, trabajo en la sombra y sin aspavientos. Remando sin rendirse nunca.

Sergio Scariolo y su equipo, junto con la Federación Española de Baloncesto, trazaron un plan para compensar la ausencia de los primeros espadas en la clasificatoria, y construyeron un grupo de guerreros con un compromiso sobresaliente, una férrea nobleza en la pista y una disposición infinita para cumplir el objetivo de llevarnos al torneo de China. La humildad del baloncesto empapó una vez más el sentimiento de los que cumplen en silencio y con orgullo. Los Colom, Beirán, Rabaseda, Vázquez, Saiz, Fernández, Brizuela, Vidal, Abalde, Paulí, Vicedo, Diop, Aguilar, Sastre, Yusta… y así hasta 29 héroes del baloncesto nacional, nos abrieron la puerta a la posibilidad de estar en el mundial. Completaron una brillante fase cual guardia pretoriana que no abandona a su suerte a su rey, con diez victorias de doce y primeros de grupo. Demostraron que España tiene presente y futuro, que sigue cultivando mucho y buen talento no sólo por nombres y figuras, sino porque sigue trabajando en valores y compromiso, y sumando adeptos en torno a una idea común, esa que lleva más de veinte años haciéndonos disfrutar y creando afición: baloncesto es equipo.

Gracias a los héroes que nos han mantenido a flote en la larga e incierta travesía de las ventanas. Gracias por aceptar su rol sabiendo que aun clasificándose para el mundial, la mayoría ni siquiera acudiría a disputarlo. Gracias por apretar en los momentos duros y nutrirnos de baloncesto honesto y profesional hasta la médula. Gracias a Scariolo y  a la Federación por pelear y defender el baloncesto español, sus derechos, su posición y labrarse el respeto que merece. Por trazar una estrategia valiente y convencida que ha transmitido al equipo la importancia y la vitalidad de su compromiso en una fase que puso en jaque mucho más de lo que pensamos.

  • Segundo cuarto: la lista, la preparación y las dudas
Llegó el verano y la lista de preseleccionados para el mundial. Y el mar, el mar de dudas desde todos los ángulos que perturbaban la preparación del equipo, los amistosos y las exigentes pruebas del calendario que tenían que afrontar nuestros jugadores para llegar con garantías a la competición de septiembre. Sumábamos más zancadillas y barreras para un equipo en los que muchos jugadores, ausentes y presentes finalmente, estaban siendo cuestionados duramente por diversos motivos: falta de compromiso, falta de ambición por competir, falta de trabajo físico y dejadez en la preparación, presencia inmerecida en la lista por su nombre…. hubo quejas para casi todos y dudas sobre el fin de ciclo, sobre la capacidad de este grupo para renovar sus ganas de seguir jugando al baloncesto y ganando. Pau Gasol no estaba, tristemente, por lesión; el Chacho, Mirotic e Ibaka renunciaron por motivos personales y físicos, honestamente no iban a poder dar su mejor nivel y eso les honra. Suplir a Reyes, Navarro y Calderón, retirados hace tiempo de la selección, se les hacía bola a muchos españoles. Marc llegaba lastrado físicamente después de un durísimo año con anillo NBA incluido. Algo parecido con Llull y Rudy, injustamente puestos en el candelero. De Ricky se recelaba sin creer en su transformación de líder de futuro, sobre los Hernangómez la alargada sombra del peso de la historia de los hombres altos de España. Del resto, banquillo y rotación escasa y con pocos recursos se decía, con poco nivel y experiencia en competir en grandes campeonatos y dudas sobre su rendimiento en los momentos difíciles. Trago desagradecido para Oriola, Claver, Ribas y compañía visto su buen año y números esta temporada.

Y el equipo echó a andar ajeno a quien cuestionaba sus posibilidades. Trabajó mucho durante una concentración larga, intensa y ruidosa. Empezó a construir el muro y el escudo donde se resguardaría durante los huracanes del torneo, que llegarían sin duda ante el más mínimo atisbo de problema en la cancha. Empezó a mandar señales de sus signos de identidad familiar, trabajando los automatismos y sus conexiones, haciendo más fuertes los lazos invisibles entre jugadores y técnicos, construyendo la mentalidad a la que agarrarse en los momentos de mayor exigencia. Hizo buenos amistosos y recibió un par de avisos serios de Rusia y de Estados Unidos, que nos vinieron estupendamente para seguir mejorando.

Gracias a Scariolo y  a su equipo técnico, por ejecutar con templanza y mano firme al mismo tiempo la transición y el equilibrio que necesitaba el entorno y el equipo en esta fase, en busca del bien común de nuestro baloncesto. Por tomar decisiones difíciles. Por mantener un rumbo y un plan de juego físico y táctico preparatorio que nos diera los mimbres necesarios para salir a competir con la mayor eficacia posible. Gracias a los jugadores seleccionados y que finalmente acudieron al mundial a defender el nombre del baloncesto español siendo fieles a sus valores y a su propia historia. Gracias porque con la tormenta de fondo, “La Familia” se plantó en el arranque del torneo, convencida de que desde dentro, el grupo podía ir superando todas las barreras que quedaran por venir, si permanecían juntos.





  •  Tercer cuarto: el quijotismo español del arranque, los palos y el momento clave
Túnez, Puerto Rico, Irán. Un grupo trampa en la primera fase del mundial, en la que había mucho que perder y poco que ganar al parecer. Y vaya si lo hubo. El equipo empezó tímido y dubitativo estos partidos, sin dar las muestras de solidez física, mental y técnica esperada para los recursos de la plantilla. Ya sabemos que en este país nos hace falta muy poco para empezar a atizarnos, y claro, como España no sólo no arrasaba a sus rivales sino que se veía en dificultades para sacar los partidos adelante, el quijotismo español apareció en todos los rincones de la afición y medios para machacar a nuestra selección. Un servidor entona el mea culpa también. “Sólo dan el nivel 5 o 6 jugadores”, “no hay banquillo, están a años luz titulares y suplentes”, “esta generación no da para más”. “Equipo de circunstancias, papel justito el que podemos hacer, el preolímpico nos espera, llegar a cuartos sería el mayor logro para este equipo….”. “Marc llega físicamente fatal, Ricky sigue sin madurar como esperamos, Rudy está para el arrastre, Llull no ha vuelto ni se le espera, los Hernangómez no están a la altura, les falta disciplina y rigor, Oriola, Claver y Ribas no tienen nivel para competir en grandes campeonatos…”. “Scariolo sólo gana cuando tiene a todos los buenos”. Bueno, perlitas variadas y de todo tipo que caían como cuchillos afilados.

Pero España, aun trabada en juego y espesa en ataque, falta de intensidad en defensa y buscando su propia identidad en el campo, seguía trabajando y sacando con oficio los partidos adelante. Rotando desde el banquillo para encontrar la mejor fórmula y combinaciones que nos permitieran construir un mejor baloncesto en la siguiente jugada, en el próximo partido. Esto también hay que saber hacerlo para ganar un campeonato mundial, no es todo jugar a favor de viento y que todos los partidos salgan redondos.

La segunda fase nos enfrentaba a los miuras Italia y Serbia, un escalón tremendamente exigente para encontrar nuestra mejor versión y hacernos el camino más transitable en los posibles cruces. Pero este equipo tiene ese carácter que le hace inasequible al desaliento, capaz de crecerse cuanto mayor es la exigencia. Italia fue el partido clave para recuperar nuestra poderosa defensa, intensa y agresiva. Dejar a los italianos con apenas 60 puntos dice mucho de la mejora táctica en la pintura y en zona que consiguió la selección. Bajamos al barro a defender, llevamos el partido a nuestro terreno, al de competir con más intensidad que el rival y a agarrarnos a nuestras jugadas y jugadores más inspirados. Y el subidón de autoestima y fortaleza del vestuario tras ese partido nos llevó a elevar un punto más la intensidad ante el coco serbio, el mejor equipo supuestamente sin contar a Estados Unidos. Mejoramos el nivel de acierto en ataque y seguimos progresando en defensa, cerrando rebote y ganando adeptos a la causa del equipo. Los jugadores se iban enchufando a medida que pasaban los minutos y los serbios no sabían ni por dónde les venía el viento, sorprendidos y superados. Los nuestros empezaron a desplegar alas, y sobre el dique que habían construido juntos durante la época de tempestad, se hicieron más altos, más rápidos y más fuertes. Se sabían capaces de competir con cualquiera y de manejar el tempo de cualquier partido. Estábamos clasificados para cuartos, teníamos a tiro la plaza olímpica y la pinta del equipo era más saneada y efectiva. Pero aún en este cuarto seguía habiendo mucha gente que no se subía al barco de la fe y la confianza en el equipo para hacer cosas grandes, y apenas se conformaba con poder pelear una medalla, pues veía inabordables tres o cuatro rivales en unos hipotéticos cruces finales.

Gracias a todos aquellos que no creyeron en este equipo y que se subieron al carro a última hora. Hicieron más duro y más firme el convencimiento de los jugadores y técnicos. Más vale tarde que nunca. Gracias por todas las adversidades en la pista que hicieron a cada jugador creer, crecer y ocupar un papel todavía más relevante del que se esperaba, para jugar sin complejos y de frente ante la historia una vez más. Gracias por ser capaces de cambiar el chip y revelar nuestro verdadero baloncesto en los momentos más exigentes, por la mentalidad ganadora cuando el miedo a perder acecha.

  • Cuarto cuarto: el crecimiento, el milagro del baloncesto y la apoteosis de España
España coge aire, se lame las heridas de las batallas precedentes y se conjura para competir lo que queda de campeonato como sus antepasados les enseñaron. Ahora es el momento. Doblega en un partido serio a Polonia en cuartos, con el mismo rigor con que venía desarrollando su juego previamente y asentando más y mejor los conceptos, las rotaciones, las aportaciones individuales y la inteligencia táctica y colectiva sobre la pista. España está en semifinales y ya tiene billete directo para Tokyo 2020, un éxito que hay que valorar en este momento del camino porque nos da el reconocimiento que merece: somos olímpicos porque lo merecemos por juego y entrega, por calidad y ambición de ganar. Una plaza muy codiciada.

Y llegamos a semis para jugar contra Australia, un equipo cargado de “NBAs”, de transiciones directas y francotiradores en todo el perímetro. España empieza bien pero se atasca y comienza a sufrir en el rebote y en los ajustes ofensivos. Damos síntomas de fatiga y vamos a remolque casi todo el partido. Pero nunca nos rendimos, nos mantenemos haciendo la goma, seguimos creyendo y esperando nuestra oportunidad. Aguantando la presión a pesar de la falta de precisión. Estábamos echando un pulso con la historia, crédulos contra incrédulos, de si éramos capaces de superar nuestros propios horizontes.

Scariolo volvió a hacer algunas variantes y a espolear a los suyos bajo la propuesta que mejor entienden, la de volver a los orígenes todos juntos: apretar los dientes en defensa, mantener la intensidad física, seguir buscando buenas posiciones de tiro, jugar con inteligencia táctica y confiar en la inspiración de nuestras estrellas. Y funcionó porque nuestros jugadores aparte de ser buenos son listos y rápidos. Olieron la sangre, la debilidad del rival,  y fueron a la caza de la presa. Comenzamos a desgastar a los australianos con posiciones de tiro muy incómodas para ellos, basado en constantes ayudas y mejor ocupación de la zona en el campo. Encontramos la manera de enchufar la máquina del “pick & roll”, Marc y Rudy haciendo su agosto para echarse el equipo a la espalda. Los veteranos haciendo gala de su experiencia, nos dieron más que aire en jugadas decisivas.

Y forzamos una prórroga, y otra más. Y a la segunda remontamos y ganamos con autoridad un partidazo que se recordará en las hemerotecas de la historia de nuestro baloncesto, de esos que hay que poner a los niños para que aprendan cómo se defiende, se rema, se aprende a sufrir en el campo y se supera uno mismo en vivo y en directo. España se paró un viernes por la mañana para vivir una remontada descomunal y apasionante de las que hacen afición, a la altura de las grandes gestas de esta selección, sólo un peldaño por debajo de la final olímpica de 2008 en Pekín. De nuevo en China, el equipo había dejado para el recuerdo el partido más memorable en años, y desde luego su mejor actuación del torneo. España volaba sostenida por unos mimbres de acero, aquellos que te da la fortaleza inmensa del grupo, la creencia de que es posible y que siendo fieles nuestro estilo somos capaces de competir con cualquiera, con enorme humildad pero sin renunciar a los sueños más grandes. “Aun no hemos hecho nada”, decía Ricky tras clasificar para la final. Eso es hambre, de ganar, de ser mejor y superarse cuando crees que has llegado a tu límite.

Y España siguió volando. La final no fue ningún trámite ante una dura y talentosa Argentina, pero España llevaba una marcha más. Íbamos a velocidad de crucero, jugando a un nivel tan alto o más como en la semifinal. Fuimos un torbellino de aciertos y de inteligencia brutal sobre la pista: buenas posiciones de tiro, buenos porcentajes, enorme rebote, la defensa infranqueable, y los estiletes enchufados. Manteniendo la intensidad cara a cara con el rival. Todos aportando, todos. La máquina estaba engrasada perfectamente, rodaba casi sola, con el ingeniero Scariolo haciendo ciertos ajustes tan sorprendentes como efectivos en los que cambiaba quintetos y defensas ahogando las virtudes del rival. En este nivel de juego y confianza, habiendo encontrado nuestro equilibrio perfecto, daba la impresión de que España podía jugarse otro campeonato entero y volver a ganar ante cualquier rival, o al menos competir hasta más allá de los confines que este deporte conoce. Llegamos a la meta frescos como lechugas, ávidos de baloncesto y con ganas de más. Fruto de una preparación y una mentalidad propia de los grandes equipos campeones, a prueba de tempestades, que es la que en nuestro país se sigue sembrando y cosechando con los años.
  • Epílogo:
Y fuimos campeones del mundo, otra vez, porque lo merecimos con mayúsculas. Porque el compromiso es nuestro mayor valor. Con el grupo por encima de uno mismo, con el trabajo bien hecho más allá de las florituras, con el baloncesto y sus valores por encima de cualquier obstáculo y excusa. Cuando se juega mal se dice, para aprender, y cuando se juega bien, también, para construir. Verdades a la cara, miradas a los ojos para buscar al compañero y decirle “confío en ti”. Sin reproches por los fallos, seguimos remando, tratamos de hacerlo mejor la siguiente vez. Contagio mi ilusión y mis ganas, mi determinación por hacer algo grande, y el de al lado hace lo mismo y crece por encima de sus posibilidades. Esta es la inspiración de España, la del hombro con hombro y la de que si uno puede, todos podemos más. La de los que están curtidos en mil batallas y enseñan a los que vienen por detrás cómo se compite, cómo se sufre y como se mantiene uno vivo en el partido en los momentos más delicados. En los momentos en los que no queda nada más, en los que la mayoría tiembla, sólo nos queda sacar nuestro baloncesto a relucir, lo que mejor sabemos hacer: el trabajo colectivo de nuestro equipo.

Después de mucho sufrimiento, de aguantar barbaridades, críticas feroces y dudas abismales, este equipo ha llegado a la orilla con otro oro. Contra todo pronóstico, y a pesar del escepticismo general del pueblo, ese del que seguimos sin aprender aunque nos den una y mil lecciones, España sigue siendo de oro. En valores y en entrega, en sacrificio y en constancia. En calidad y talento, en confianza y en mentalidad de baloncesto. Gracias a Dios, y que siga siendo así, en España el baloncesto nunca abandona a su pueblo, por más que este le maltrate una y otra vez. Y esta selección nos lo demuestra verano tras verano, ellos y ellas.

Gracias de corazón una vez más a TODOS los jugadores, cuerpo técnico y Federación, por hacer posible el milagro, por conseguir y repetir el mayor sueño, por jugar y vivir como una familia que sabe que cuando lo das todo, no se te puede reprochar nada. Tokyo, te saluda el campeón del mundo, allá vamos a seguir compitiendo, creciendo y disfrutando. Esto sólo es un juego, pero qué juego. El que nos da estas alegrías en la vida, que nos pone el corazón en niveles sublimes de felicidad y adrenalina: BA-LON-CES-TO.