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martes, 8 de mayo de 2018

Tributo al fútbol honrado: despedida de Iniesta y Torres

Se despiden de La Liga, del fútbol español esta temporada. Andrés Iniesta y Fernando Torres cambiarán de rumbo en apenas un par de meses. A sus 34 años, y mirando en el horizonte el ocaso de sus carreras futbolísticas, han decidido despedirse honrosamente del fútbol de élite y de los clubes de sus vidas en España, como ya pocas veces ocurre.
Estamos ante un momento de aceptación, pues el tiempo es inexorable para todos. Pero también de alegría, de aplauso y de respeto. Hacia dos enormes jugadores que en los últimos 15 años han marcado de manera muy importante el salto de calidad del fútbol español, la modernización del fútbol europeo, y la puesta en valor nuestra Liga. Pocos jugadores hay en el panorama actual que despierten tanto respeto y gratitud por sus carreras, por su fidelidad a sus valores y a los de sus clubes, pero sobre todo la honradez hacia sí mismos y hacia el fútbol, ése que les ha dado tanto, ese que les debe agradecer tanto.
Iniesta ha sido probablemente el mejor jugador español de la historia del fútbol; a nivel técnico, con el balón en los pies, nadie ha conseguido dominar como él los registros del toque, el pase y el espacio, la verticalidad, el tempo, las asistencias. Es la elegancia de un fútbol suave y sin asperezas, práctico, sencillo, de asociación y movimiento con un único objetivo: respetar el balón. Ese balón que protege como nadie, tan difícil quitárselo. Ese balón que domina con enorme inteligencia táctica en el campo, tanto con él como sin él. Iniesta ha visualizado las jugadas antes que los rivales, yendo un paso por delante en la ocupación de los espacios y en la ejecución de los movimientos, suyos y de sus compañeros. Eso le ha permitido gobernar el ritmo de juego, frenar o acelerar los partidos según lo que el equipo necesitaba, leyendo entre líneas lo que muy pocos consiguen descifrar. El manchego ha sido el creador de fútbol y magia, inventor de jugadas inverosímiles y sorprendentes, pero no de cara a la galería, sino efectivas y con sentido, para hacer más grande a su amigo el balón, para honrar a su padre fútbol. Ha sido el guardián del buen gusto en el campo, el defensor de un estilo y de unos valores gracias a los cuales ha crecido como pocos. Iniesta fue generoso con el fútbol y éste le devolvió todo lo que tenía, salvo el Balón de Oro 2010, que toda España siente como suyo tras el Mundial de Sudáfrica, y que nos queda como cuenta pendiente con el planeta fútbol.
Fernando Torres por su parte, ha sido uno de los grandes delanteros españoles de la historia, y se ha labrado el respeto de toda Europa, allí donde ha jugado. Un jugador rápido y vertical, sigiloso en su desmarque y generoso en su esfuerzo. Un futbolista diferente que explotaba el espacio y la espalda de la defensa, jugando a la contra con una enorme velocidad y una potencia envidiable. Ha sido un delantero que ha sabido transformarse según avanzaba su carrera, aprovechando y adaptando sus cualidades en cada momento. Un jugador que hace muy fácil la transición a sus compañeros, que enlaza, se ofrece y no se esconde. Un delantero con el que muchos han querido jugar al lado, porque cerca de él podían brillar más. “El niño”, como se le apodó,  ha sido un delantero nada egoísta, que ha sabido gestionar muy bien su relación con el gol, tanto en las rachas buenas como en las menos buenas, y que siempre ha cumplido en el campo, acudiendo fiel a su cita con el trabajo, con la presión, con el esfuerzo, con el desmarque y con el gol. Goles que ha marcado en grandes cantidades, de todas las formas, asombrando a Europa. Y con la defensa de sus colores, de sus valores, con la reivindicación de sí mismo en el campo. El saber estar dentro y fuera del terreno de juego de Fernando Torres es de una grandeza admirable, y el reconocimiento de la afición por ello es más que merecido.
Mención aparte para la época dorada que, entrelazados y juntos, han construido Iniesta y Torres junto al resto de su generación en la selección españolaNos dejan arriba, muy arriba. Nos han llevado a salir de una dinámica derrotista y perdedora, a conseguir en la última década las cotas más altas de la historia del fútbol español. Nos han llevado a creer en nuestra cantera, a pensar de una vez por todas que somos grandes en este deporte, y que sabemos jugar al fútbol como los mejores. Nos han recordado que la cabeza lo es casi todo, y que la mentalidad ganadora también es parte de España y de nuestro deporte, aunque hubiera estado aletargada tiempo atrás. Torres marcó en las inolvidables finales de la Eurocopa 2008 de Austria y Suiza (el gol de la victoria ante Alemania) y de la Eurocopa 2012 de Ucrania y Polonia (el tercer gol de los cuatro que España le endosó a Italia). Iniesta por su parte, hizo el gol memorable para la historia que nos coronó en la prórroga ante Holanda como campeones del Mundial 2010 de Sudáfrica. Con ellos hemos vivido el éxtasis de un fútbol exquisito y ganador, de una generación que ha llevado a España a ser el ejemplo mundial de lo que es jugar al fútbol: dominar, deleitar, dar espectáculo, marcar y ganar. Pero también de lo que es un conjunto de jóvenes jugadores ejemplares y unidos, una generación de futbolistas en la que la mayoría son o han sido tan talentosos como respetuosos, discretos y agradecidos. Jugadores como Iniesta y Torres, humildes, que saben de dónde vienen y la suerte que han tenido de poder vivir años históricos de plenitud futbolística con España, con sus clubes, en sus carreras inolvidables, en su vida. Jugadores que son inspiración para nuestra sociedad, personas que nos han hecho mejores a todos.
Más allá del palmarés y la cantidad de títulos que estas dos leyendas acumulan a lo largo de sus carreras, está su aportación tanto en el terreno de juego, como fuera de él. Capitanes merecidos en sus equipos, galones de quien hace honor a un brazalete con historia, que han sabido llevar en sus clubes y en la selección nacional. Su ejemplo, sus valores, su compromiso con el trabajo bien hecho, su dedicación y mejora continua, su ambición sana por ser mejores. Acorde con la personalidad de ambos, huyendo de la polémica y de la confrontación envenenada, respetando siempre la competición y a los rivales, tendiendo una mano por el juego limpio, la concordia y la competitividad dentro de los límites morales del deporte.
Ambos son una fuente de inspiración extraordinaria para la juventud que ha crecido con ellos, un espejo valioso en el que mirarse y del que aprender, ante un mundo cada vez más crispado y hostil, que intenta a veces envenenar el deporte a través de una excesiva tensión y violencia. En este escenario, Iniesta y Torres, dos chavales discretos y educados, han sabido labrarse sendas carreras de élite sin perder los pies del suelo, construyendo con su trabajo y talento, y demostrando con sus valores, que en el fútbol sigue habiendo espacio para los románticos, para enamorarse de unos colores y de un espectáculo, para construir carreras ejemplares y diferentes, para honrar y respetar un deporte precioso y una competición maravillosa, para ser fiel a uno mismo y disfrutar de una vida de pasión, balón y gol. Una vida de deporte y respeto, de tolerancia y fútbol.
Hemos de dar las gracias de todo corazón a estos dos fenómenos españoles del fútbol mundial, Andrés Iniesta y Fernando Torres. Sus homenajes son más que merecidos, por el legado que dejan y el espíritu deportivo que han sabido mantener. Mucha suerte a ambos en sus nuevas etapas.
Y quizás, sólo quizás, podamos pensar en un último gran sueño este verano en Rusia para despedir a Iniesta en activo de la selección: otro título Mundial y otro gol en la final. ¿Queremos soñar con ello? YO SI.

martes, 12 de septiembre de 2017

"¡VAMOS!": esencia de una pasión, reflejo de una mente feliz

Hoy en día se nos acaban los calificativos para comentar la trayectoria y los éxitos deportivos de Rafa Nadal, ese coloso del tenis que nos deja boquiabiertos con sus logros y hazañas, pero sobre todo por su discurso, su actitud y sus acciones. Podríamos resumir toda esa esencia, fuerza y optimismo que transmite, en su lema sobre la pista: “¡Vamos!”. Esta muletilla motivacional que surge de muy adentro, tiene un efecto exponencial, contagioso. Como una bola de nieve que se hace más grande, cada vez que la pronuncia con más intensidad. Cuando Rafa dice “¡Vamos!”, está creciendo por dentro. Está rugiendo sobre sus cimientos y se está reafirmando, ante su rival, ante el público y ante el mundo, pero sobre todo consigo mismo. Y seguramente lo diga no sólo dentro de la pista, sino fuera también.

Hoy, tras el US Open, Rafa lleva ya dieciséis Grand Slams ganados. Y muchos otros títulos, logros y récords estratosféricos, sólo a la altura de los más grandes de la historia. Sin embargo, no es eso lo que más me impresiona de Rafa. Lo que de verdad me impacta es sentir todo lo que transmite, con sólo verle jugar, concentrarse, hablar, entrenar, comunicar… dentro y fuera de la pista. Es un deportista y una persona que sabe muy bien quién es, y tiene los pies firmes en el suelo, por mucho que el mundo intente encumbrarle al cielo o defenestrarle en el infierno (cosa que le ha pasado muchas veces en su carrera).

Rafa conoce y es consciente de la sociedad en la que vive y lo que él aporta desde el mundo del tenis, desde su naturaleza de deportista. Y de la responsabilidad social que tiene y que decide ejercer. Por ello responde al modelo de líder moderno que necesita el mundo: joven, humilde, ejemplar, natural y auténtico. Con sentido común. Así, desprende siempre un halo de energía positiva, de aquel que conoce las raíces propias que le unen a su tierra, a su gente y a todo lo que ama. Y siempre con una actitud de gratitud hacia la vida y hacia todas las personas que le han ayudado, apoyado, animado.



Esto mismo es lo que veo reflejado cuando veo su trayectoria social: su academia, su centro deportivo, su fundación, su acción solidaria, sus patrocinios, su relación con los medios. Y por supuesto cuando observo a su equipo, a su familia. Serenos, concentrados, optimistas. Prudentes, discretos. En el mundo de la fama no es fácil ni habitual mantener una personalidad y un estilo de vida normal, ni una actitud de respeto y trato igualitario con cualquiera, pero Rafa y su entorno lo han conseguido, lo consiguen. Porque son personas normales, buena gente. Personas que se apoyan en personas, como medio mundo nos apoyamos día a día en ese “¡Vamos!” de Rafa, que nos impulsa fuerte.

A mi Rafa Nadal me sugiere una enorme admiración, y supone una guía de referencia. Ver a un deportista con tanta confianza y naturalidad, que habla de las situaciones y sus problemas profesionales con templanza y sin aspavientos, con un sentido de la responsabilidad y una lógica tan aplastantes, es de aplaudir. Eso me engancha, me fascina. Me ayuda tener ejemplos de este tipo en el panorama social y deportivo actual, cual faro que se mantiene firme en el mar. Rafa es uno de ellos, el número 1.


“¡Vamos!” en boca de Rafa se ha convertido en un lema fácilmente identificable con la perseverancia y la confianza en uno mismo, con el trabajo, sacrificio y con la certeza de que si no sale ahora, saldrá más adelante. Pero siempre adelante, siempre valiente, siempre luchando sin rendirse. Un lema que bien puede ser el adalid de la marca España, que Rafa representa como nadie. Porque ese “¡Vamos!” tiene que ver con su vida profesional y personal. Tiene que ver con las prioridades y las cosas realmente importantes en la vida.
“No me importa cuántos Grand Slams gane, tanto como ser feliz”, dice el fenómeno Nadal. Ahí reside el secreto. En ser feliz, en buscarlo. Él lo es y se nota, lo desprende intensamente con su presencia, su discurso y su actitud. Ha sufrido y ha llorado, ha peleado y ha perdido, como todos en la vida, pero ha creído siempre en sí mismo, en ser auténtico, en saber quién es y cuál es su entorno, en hacer las cosas bien, planificadas con cabeza y ejecutadas con el corazón. El talento entrenado con perseverancia, la mente educada en la importancia de lo que realmente es vital: la vida, las personas, el amor y el respeto, la fidelidad a uno mismo y a sus pasiones. La felicidad trabajada en la mente, vehiculizada con el deporte y consagrada con una actitud optimista en la vida, frente a uno mismo, frente al mundo.

Cuando veo a Rafa, mis sentidos y mi atención se centran plenamente en su ejemplo. Le veo y pienso “¡Vamos!”, adelante, arriba. Aprende, disfruta, vive. Juega, entrena duro, valora lo que tienes, ama lo que haces y pelea por lo que sueñas. Es una fuerza tal la que transmite Rafa, una seguridad en sí mismo, que no hay lugar para los miedos. Seguramente él también los tenga, como todos, pero se los come, los aplaca. Porque ser feliz es más importante que tener miedo. Porque vivir es más importante que sufrir. Porque sonreír es tan importante como comer y respirar. Porque el deporte es el alimento más sano para llenar el alma de coraje y de espíritu de superación, no solamente dentro de la pista sino fuera, al ver que existen deportistas de élite de la talla de este chaval, Rafa Nadal.





“¡Vamos!” es el sello de una pasión, de una actitud en la vida y de un modelo de liderazgo. Es la esencia de la marca España, y de toda una corriente de fuerza deportiva capaz de impulsar e impregnar todos los ámbitos de la vida. Es la ola imparable de motivación y esfuerzo, de humildad y confianza. Pero por encima de todo es el reflejo de una mente feliz, sana y equilibrada, que genera respeto y gratitud a partes iguales, y que disfruta de la vida no como un problema, sino como un regalo.

Gracias de nuevo Rafa Nadal, por gritar con todos nosotros, ¡VAMOS!

sábado, 15 de julio de 2017

Vive la BICICLETA, cuida el CICLISMO, respeta al CICLISTA



Me gusta mucho la bicicleta, el ciclismo, sentirme ciclista. Su desafío. Subirse a los pedales para sentir la libertad de un deporte tan extenuante como gozoso. Como aficionado, la bicicleta me lleva a todos lados: a trabajar, de excursión, a perderme por el campo o la ciudad, como transporte habitual. Transporte limpio, verde, agradecido con el entorno y el medio ambiente. Sea solo, o junto a la familia y los amigos, la bicicleta te sigue siempre que se lo pidas. Te respeta y te ayuda, te hace sentir acompañado en el esfuerzo, en la liberación del pedaleo. Se adapta a tu ritmo, al tiempo que te reta a dar lo mejor de ti: enfrenta ese puerto,  ataca esa rampa, lánzate al descenso, llanea con el viento. Sentado o de pie sobre la bici, en posición aerodinámica para fundirse en el paisaje como una única figura, y donde el cambio de posición varía la perspectiva de tu ruta. Como reza la canción de Shakira y Carlos Vives, “…hace rato está mi corazón latiendo por ti… llévame en tu bicicleta…”.


Dos ruedas y unos pedales pueden hacerte sentir naturalmente feliz, entretenido, mucho más que cualquier ordenador, videojuego o similares. Una manera sana de crecer y descubrir el mundo, de fomentar la aventura, el respeto por los demás y por el medio ambiente, equilibrio entre el esfuerzo, el sacrificio y la pasión. Disfrutar del placer de dejarse llevar, del viento en la cara, de apretar los dientes, sudar y pedalear. La bicicleta me ha dado innumerables alegrías,  momentos de emoción y de gozo. Me ha ayudado a conocerme a mí mismo y a mi gente, a explorar los límites. Si decides ir más allá de donde te crees capaz, ella te sigue, leal; si el miedo frena tu carrera, ella se para contigo. A veces te da algún susto en forma de sobresalto o caída,  pero siempre noble, te invita a volver a subir y a superar la adversidad.



La bicicleta me ha acompañado en ratos deliciosos, bajo el sol intenso o un diluvio refrescante, sobre el viento gélido o una niebla repentina. Sobre todos los perfiles y paisajes: mar, montaña, llanura, rural, urbano. Con la mochila o las alforjas a cuestas, pero con una ilusión que soporta su peso y las lleva contenta. Siembre respondiendo al son de mis piernas, mi cabeza y mi corazón, esperándome cuando hace falta,  tirando de mi cuando era necesario. La bicicleta es una y son muchas, eres tú y un equipo, es compañía asegurada. Con ella he disfrutado como un enano, he reído y he llorado. Sobre la bici he conocido lo mejor de personas auténticas que conmigo han pedaleado (mi padre, mis primos, mis hermanas y cuñados, mis amigos cercanos). En ella siempre he encontrado consuelo, ayuda y respuestas, me he encontrado a mi mismo. La bicicleta, durante tantos años montado sobre ella como aficionado y que me sigue a todos lados, como también lo hace mi entusiasmo por el ciclismo profesional, ese deporte que sigo con pasión en directo y por televisión.

A nivel profesional, en la élite,  pocos deportes llevan tanto al límite al deportista como el ciclismo. Retorcidos sobre las bicicletas, los ciclistas no sólo miden sus fuerzas contra sí mismos y el perfil, los kilómetros y las inclemencias del tiempo, el riesgo de exponer su salud,  sino contra otros tantos titanes del pelotón mundial con ganas de victoria y necesidad por demostrar.



Porque el ciclista tiene una profesión que, además de arriesgada y muy sacrificada, es poco o nada agradecida a nivel contractual, con una corta duración y tensa incertidumbre en los contratos, con una dependencia física enorme, y con un mercado cuyos actores secundarios exprimen y explotan el circuito mundial a costa de la salud de los ciclistas y de su seguridad. Hay que decirlo, porque es un deporte que se debe cuidar más y saturar menos, para huir de los azotes del dopaje, mejorar la seguridad global del pelotón y optimizar y regular el reparto de derechos, contratos y salarios que equilibren las fuerzas dentro y fuera de la carretera, un “fair play” a la altura de un precioso espectáculo,  cuya continuidad depende de todos. Desde aquí pido una reflexión por todo ello,  en pro de mantener el sentido común que nos permita conservar la esencia del ciclismo sin matar a los ciclistas.

A nivel emocional, puede ser que a muchos les aburra ver este deporte, otros no lo entiendan, y otros más no estén interesados en compartirlo, pero para mí el ciclismo es sabor y tradición. Es historia y emoción por una competición distinta, estacional, impredecible. Me enganché al ciclismo cuando de pequeño veía a Perico Delgado, pero sobretodo a Miguel Induráin, mi primer gran ídolo fuera del fútbol.


 Aprendiz por imitación,  yo disfrutaba cual enano que era repitiendo por las calles del pueblo las gestas que el navarro realizaba por las carreteras del tour de Francia, imaginando etapas y estrategias, contrarreloj, llano y montaña. Y el pódium, los maillots, los accesorios del ciclista….esas pequeñas cosas que de niño te hacen soñar con muy poco.

 Para mi el ciclismo es esencialmente temporada de primavera-verano, son las grandes vueltas (Tour, Vuelta, Giro), las menores pero emocionantes clásicas de un día o de una semana, los mundiales y las pruebas en ruta….es subir y bajar, sufrir y sudar, esperar y escuchar. Persecución,  ataques y desfallecimientos, cálculo de fuerzas, entrega total. El ciclismo es épica, emoción, son puertos llenos de aficionados, banderas y pancartas bajo ánimos y gritos incansables, es la lucha contra el crono, los watios de potencia, los pedales y sus desarrollos. Es aprovechar el viento e impulsarse dentro del pelotón, es conocer el terreno y esperar tu oportunidad, saber atacar cuando toca, es sacrificarte hasta el extremo por un compañero, un líder, por tu propia victoria o por el espectáculo. Es darlo todo cuando ya no puedes más.



Ahora que estamos en época de plena temporada ciclista, tras el Giro y las clásicas,  con la Vuelta asomando al fondo, me inspiro para este artículo. En estos días en que el Tour de Francia nos brinda su clásico sabor del verano, su inestimable compañía en las tardes de julio con la emoción de la competición al máximo nivel, necesitaba hacer una sencilla reflexión. Sobre la bicicleta y sus ventajas, las endorfinas que genera, naturalidad plena. Sobre el ciclismo y su emoción, defendiendo la gran competición. Y por el ciclista, por el espectador y la continuidad de este deporte, por el cuidado diario de la normativa, perfiles, calendarios, sanciones, seguridad, salud y derechos, porque el dinero no corrompa una pasión mundial de millones de personas, un negocio que sea transparente y saludable, renovado y vivo.

Vive la BICICLETA, cuida el CICLISMO, respeta al CICLISTA