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miércoles, 10 de julio de 2019

El oro por dentro



El oro no fue ayer ni la semana pasada. El oro se forjó mucho antes, cuando el sueño empezaba.

El oro se ve hoy por fuera, colgado de sus cuellos y agarrado a sus sonrisas, pero brilla más que nunca por dentro, en el corazón de todas sus batallas que la historia revisa.

Cual iceberg que emerge al cielo al final del camino, y sorteando lesiones, dolor y decepciones, acaba enfrentando su destino. Sustentado bajo un mar de lágrimas, coraje y sufrimiento, esos que sólo ellas conocen, que no se ven por fuera pero se llevan por dentro.

Oro que ilumina el sacrificio y esfuerzo de muchos años, de mucha gente, que honra el trabajo en silencio, vivido apasionadamente.

Oro que se sueña desde abajo y al que se llega sin atajos. Aquel que transmite una idea, un estilo, una dirección y un proyecto. Transmite la esencia de nuestro baloncesto.

Brillo dorado que está hecho de disciplina para llegar, determinación para quedarse y motivación para superarse. Por el que tantas veces tropezaron y otras tantas levantaron, aprendiendo a arrimar el hombro que entre ellas nunca ha fallado.

El oro por empuje y convicción, que más allá del metal y la medalla, es baloncesto ilimitado en su corazón. En el de todas ellas, de su entrenador y del equipo alrededor, en el de todo un país y su afición.

El oro que no es sólo victoria, partido, canasta. El oro que es más que un título o la gloria de tocar el cielo en la cancha.

El oro que no es triunfar una vez, ni dos ni tres, sino probar a hacerlo mejor de lo que crees. Es llegar más allá de lo que ves, es superarte una y otra vez.

Es no rendirte y apretar, es cautivar a la grada y hacerla enloquecer. Es retar al rival y mirarlo de frente sin dudar. Es competir siempre, sabiendo sufrir y haciéndonos sonreír. Es generar expectación por tu capacidad de jugar un baloncesto disfrutón. Es saltar a la pista y pasarlo bien, y sobre ella transformar el juego en aprendizaje para crecer.

El oro es más que nunca el talento hecho emoción, el equipo hecho familia que alimenta sin límites su ambición.

El oro es esa conexión que va más allá de la razón y la emoción. Son esos lazos entre las jugadoras y su entrenador, entre compañeras de profesión. El oro es esa amistad por tesón, el vínculo inquebrantable del deportista con su pasión. Ese que une más que nada a un equipo campeón, que se convierte en familia con enorme devoción.

El oro es recorrer ese camino y encontrar juntas las sorpresas del destino. En todos los entrenos y todos los partidos. Conocerte con una mirada, construir nuestro juego por encima de tu jugada, encontrar el hueco, el pase y el tiro que te hacen olvidar tu ego.  Es defender y atacar sin descanso más allá del partido, es arrimar el hombro por el bien colectivo, vibrando de alegría por el éxito compartido.

El oro son las chicas de baloncesto, las que hacen nuestra selección. Las que cada año vuelven, están porque nunca se van, porque a esto de jugar, y a las ganas de ganar, nadie las consigue igualar. El mejor equipo nacional, pleno ejemplo de igualdad. Cuyo legado, inspiración y fuerza quedan grabados cada año con letras de oro y eternidad.

Dentro del oro existen muchas vidas, muchos años, muchos sueños. Dentro de él estamos todos y están ellas poniendo un emocionante empeño. Y cada año estaremos con vosotras, todos, siempre, recordando que para vosotras el oro y la victoria son consecuencia de construir el baloncesto desde dentro, y apasionadamente.

lunes, 10 de junio de 2019

Bola de partido: Rafa Nadal y el éxito del momento presente

Rafa Nadal ha vuelto a hacerlo. Ha ganado otro Roland Garros, otro título de Grand Slam que agranda su historia como tenista, como deportista y competidor mundial. Uno de los grandes de todos los tiempos. Pero también es otro espaldarazo más a la forma de gestionar su carrera y a su método, a su forma de trabajar y de pensar, a su manera de enfocar los objetivos y su vida. Un método que mejora cada año y cuyos resultados son avalados de forma incontestable.

La base de todo está en la salud física. Respetado eso y en plenitud de condiciones, Nadal hace gala de una energía y una combatividad cuya clave no está solamente en su capacidad física, su talento o su destreza con la raqueta. Tampoco en su inteligencia táctica o en su intuición en la pista. La clave está en la fortaleza mental y en la estrategia de pensamiento simple y directa que aplica Rafa. Y es que cada punto es una bola de partido para él. Así de sencillo, así de complicado. A menudo los rivales de Nadal destacan el alto nivel de intensidad que es capaz de mantener en la pista de juego, sostenidamente durante largos partidos y periodos de la temporada. Eso tiene que ver con la concentración, el equilibrio emocional y la capacidad mental de filtrar distorsiones y visualizar única y exclusivamente el punto que está en disputa, el presente.



Nadal es capaz de eliminar el punto anterior de su cabeza, y de anular la anticipación del siguiente. Consigue reprimir las emociones que pueden generar el pasado y futuro inmediatos para mirar sólo el punto actual. Ese dominio de su estado de concentración es el que le lleva a ser capaz de poner toda la energía concentrada en el punto presente. Es lo más importante y lo único que tiene, sobre lo que puede influir, afectar y modificar con su juego. Toda su intensidad la focaliza en la bola que se disputa ahora mismo. Lo único que puede ganar ahora mismo es este punto, y debe poner todo lo que tiene en ir a por él. No hay más. Y así en cada uno de los interminables puntos de un juego, de un set, de un partido, de un campeonato, de una temporada, de una carrera entera. Sea en primera ronda de un torneo menor o en la final de un Grand Slam. Contra el número 1 del mundo o contra un amateur. En categoría alevín o en el deporte profesional. Siempre lo ha hecho así.

El esfuerzo necesario para alcanzar esta cota es enorme. Tremendamente exigente. Por ello hay tan pocos deportistas que lo puedan conseguir, y menos aun mantener en el tiempo con tanta eficacia. Requiere de mucho entrenamiento y disciplina. Precisa de un autocontrol y un conocimiento personal muy elevados. Aptitudes propias de esos deportistas de élite que consiguen gestas impensables, que marcan el curso de la historia y que nos descubren que el secreto del deporte al nivel más esencial, es asimismo el de vivir la vida de esta manera, en el presente.



Todo lo que Rafa Nadal ha conseguido con esta forma de trabajar, con la manera de elevar su energía y de emplearla con la misma intensidad en todos los puntos de su vida dentro y fuera de la pista, tiene que ver con su educación y el respeto a sí mismo primero, y a los rivales y la competición después. Con el aprendizaje de normalizar a partes iguales el error y el éxito, dándole a las cosas su valor preciso en cada contexto. Tiene que ver con la humildad de saber aceptar las adversidades con buena cara y sin queja, con desarrollar las fortalezas que dentro de la pista hacen emerger la resiliencia y el carácter ganador de un deportista inspirador como ninguno.

El secreto de tener la energía para salir a ganar siempre es pensar que ésta es tu mejor oportunidad. Y Rafa va a por ella una y otra vez. Sólido, rocoso. Sea la primera o la última: la bola actual es la esencial. Se centra en competir, en dar lo mejor que tiene en cada punto. No se guarda nada para después. No sabe qué hará en el futuro, cómo le irán las cosas, ni cuáles serán sus prioridades: lo más importante es esta bola, este partido, este día, este torneo. Es esta vida, esta gente, este mundo, esta suerte.



A base de vivir y jugar en el presente, Rafa Nadal ha construido no sólo un precioso legado lleno de recuerdos, alegrías y hazañas para orgullo de un país, sino la admiración del mundo entero y la transmisión de valores ejemplares para millones de jóvenes y niños, así como un modelo de vida y de trabajo que pueden ser fuente de inspiración para cualquiera. Rafa nos enseña que lo único importante es hoy, ahora. Que la grandeza está en dar todo lo mejor sin reservas en el momento presente. Que sólo podemos jugar con la bola actual, ya que el punto posterior es un misterio en el que no debemos de gastar energía innecesaria. Esa energía que Rafa condensa en cada acción y cada gesto, también cuando termina de jugar y agradece, reconoce y ofrece con generosidad todo lo que puede aportar, todo lo que nos ayuda a  aprender, todo lo que con él podemos compartir.

La energía del presente es mayor que cualquier otra. Y así es como Rafa Nadal nos ha enseñado una vez más, con la mayor naturalidad y humildad, cómo la vida es mejor con esfuerzo, paciencia, constancia y compromiso. Haciendo suyo el “carpe díem” sobre la pista. Cómo todos y cada uno de los puntos que juegas en la vida se pueden convertir en bola de partido, si aplicas la intensidad y la pasión adecuada en el momento actual. Hoy celebramos otro éxito impresionante del deportista español más grande de todos los tiempos, su duodécimo Roland Garros, el decimoctavo grande de su carrera, ahí es nada. Y no deja de sorprendernos cómo Rafa Nadal, a través del deporte, es capaz de ilustrar que es no sólo posible sino imprescindible vivir en el presente para sacar el mayor rendimiento de uno mismo, para entregar la máxima energía y posibilitar así que ocurran las mejores cosas de la vida.



martes, 8 de mayo de 2018

Tributo al fútbol honrado: despedida de Iniesta y Torres

Se despiden de La Liga, del fútbol español esta temporada. Andrés Iniesta y Fernando Torres cambiarán de rumbo en apenas un par de meses. A sus 34 años, y mirando en el horizonte el ocaso de sus carreras futbolísticas, han decidido despedirse honrosamente del fútbol de élite y de los clubes de sus vidas en España, como ya pocas veces ocurre.
Estamos ante un momento de aceptación, pues el tiempo es inexorable para todos. Pero también de alegría, de aplauso y de respeto. Hacia dos enormes jugadores que en los últimos 15 años han marcado de manera muy importante el salto de calidad del fútbol español, la modernización del fútbol europeo, y la puesta en valor nuestra Liga. Pocos jugadores hay en el panorama actual que despierten tanto respeto y gratitud por sus carreras, por su fidelidad a sus valores y a los de sus clubes, pero sobre todo la honradez hacia sí mismos y hacia el fútbol, ése que les ha dado tanto, ese que les debe agradecer tanto.
Iniesta ha sido probablemente el mejor jugador español de la historia del fútbol; a nivel técnico, con el balón en los pies, nadie ha conseguido dominar como él los registros del toque, el pase y el espacio, la verticalidad, el tempo, las asistencias. Es la elegancia de un fútbol suave y sin asperezas, práctico, sencillo, de asociación y movimiento con un único objetivo: respetar el balón. Ese balón que protege como nadie, tan difícil quitárselo. Ese balón que domina con enorme inteligencia táctica en el campo, tanto con él como sin él. Iniesta ha visualizado las jugadas antes que los rivales, yendo un paso por delante en la ocupación de los espacios y en la ejecución de los movimientos, suyos y de sus compañeros. Eso le ha permitido gobernar el ritmo de juego, frenar o acelerar los partidos según lo que el equipo necesitaba, leyendo entre líneas lo que muy pocos consiguen descifrar. El manchego ha sido el creador de fútbol y magia, inventor de jugadas inverosímiles y sorprendentes, pero no de cara a la galería, sino efectivas y con sentido, para hacer más grande a su amigo el balón, para honrar a su padre fútbol. Ha sido el guardián del buen gusto en el campo, el defensor de un estilo y de unos valores gracias a los cuales ha crecido como pocos. Iniesta fue generoso con el fútbol y éste le devolvió todo lo que tenía, salvo el Balón de Oro 2010, que toda España siente como suyo tras el Mundial de Sudáfrica, y que nos queda como cuenta pendiente con el planeta fútbol.
Fernando Torres por su parte, ha sido uno de los grandes delanteros españoles de la historia, y se ha labrado el respeto de toda Europa, allí donde ha jugado. Un jugador rápido y vertical, sigiloso en su desmarque y generoso en su esfuerzo. Un futbolista diferente que explotaba el espacio y la espalda de la defensa, jugando a la contra con una enorme velocidad y una potencia envidiable. Ha sido un delantero que ha sabido transformarse según avanzaba su carrera, aprovechando y adaptando sus cualidades en cada momento. Un jugador que hace muy fácil la transición a sus compañeros, que enlaza, se ofrece y no se esconde. Un delantero con el que muchos han querido jugar al lado, porque cerca de él podían brillar más. “El niño”, como se le apodó,  ha sido un delantero nada egoísta, que ha sabido gestionar muy bien su relación con el gol, tanto en las rachas buenas como en las menos buenas, y que siempre ha cumplido en el campo, acudiendo fiel a su cita con el trabajo, con la presión, con el esfuerzo, con el desmarque y con el gol. Goles que ha marcado en grandes cantidades, de todas las formas, asombrando a Europa. Y con la defensa de sus colores, de sus valores, con la reivindicación de sí mismo en el campo. El saber estar dentro y fuera del terreno de juego de Fernando Torres es de una grandeza admirable, y el reconocimiento de la afición por ello es más que merecido.
Mención aparte para la época dorada que, entrelazados y juntos, han construido Iniesta y Torres junto al resto de su generación en la selección españolaNos dejan arriba, muy arriba. Nos han llevado a salir de una dinámica derrotista y perdedora, a conseguir en la última década las cotas más altas de la historia del fútbol español. Nos han llevado a creer en nuestra cantera, a pensar de una vez por todas que somos grandes en este deporte, y que sabemos jugar al fútbol como los mejores. Nos han recordado que la cabeza lo es casi todo, y que la mentalidad ganadora también es parte de España y de nuestro deporte, aunque hubiera estado aletargada tiempo atrás. Torres marcó en las inolvidables finales de la Eurocopa 2008 de Austria y Suiza (el gol de la victoria ante Alemania) y de la Eurocopa 2012 de Ucrania y Polonia (el tercer gol de los cuatro que España le endosó a Italia). Iniesta por su parte, hizo el gol memorable para la historia que nos coronó en la prórroga ante Holanda como campeones del Mundial 2010 de Sudáfrica. Con ellos hemos vivido el éxtasis de un fútbol exquisito y ganador, de una generación que ha llevado a España a ser el ejemplo mundial de lo que es jugar al fútbol: dominar, deleitar, dar espectáculo, marcar y ganar. Pero también de lo que es un conjunto de jóvenes jugadores ejemplares y unidos, una generación de futbolistas en la que la mayoría son o han sido tan talentosos como respetuosos, discretos y agradecidos. Jugadores como Iniesta y Torres, humildes, que saben de dónde vienen y la suerte que han tenido de poder vivir años históricos de plenitud futbolística con España, con sus clubes, en sus carreras inolvidables, en su vida. Jugadores que son inspiración para nuestra sociedad, personas que nos han hecho mejores a todos.
Más allá del palmarés y la cantidad de títulos que estas dos leyendas acumulan a lo largo de sus carreras, está su aportación tanto en el terreno de juego, como fuera de él. Capitanes merecidos en sus equipos, galones de quien hace honor a un brazalete con historia, que han sabido llevar en sus clubes y en la selección nacional. Su ejemplo, sus valores, su compromiso con el trabajo bien hecho, su dedicación y mejora continua, su ambición sana por ser mejores. Acorde con la personalidad de ambos, huyendo de la polémica y de la confrontación envenenada, respetando siempre la competición y a los rivales, tendiendo una mano por el juego limpio, la concordia y la competitividad dentro de los límites morales del deporte.
Ambos son una fuente de inspiración extraordinaria para la juventud que ha crecido con ellos, un espejo valioso en el que mirarse y del que aprender, ante un mundo cada vez más crispado y hostil, que intenta a veces envenenar el deporte a través de una excesiva tensión y violencia. En este escenario, Iniesta y Torres, dos chavales discretos y educados, han sabido labrarse sendas carreras de élite sin perder los pies del suelo, construyendo con su trabajo y talento, y demostrando con sus valores, que en el fútbol sigue habiendo espacio para los románticos, para enamorarse de unos colores y de un espectáculo, para construir carreras ejemplares y diferentes, para honrar y respetar un deporte precioso y una competición maravillosa, para ser fiel a uno mismo y disfrutar de una vida de pasión, balón y gol. Una vida de deporte y respeto, de tolerancia y fútbol.
Hemos de dar las gracias de todo corazón a estos dos fenómenos españoles del fútbol mundial, Andrés Iniesta y Fernando Torres. Sus homenajes son más que merecidos, por el legado que dejan y el espíritu deportivo que han sabido mantener. Mucha suerte a ambos en sus nuevas etapas.
Y quizás, sólo quizás, podamos pensar en un último gran sueño este verano en Rusia para despedir a Iniesta en activo de la selección: otro título Mundial y otro gol en la final. ¿Queremos soñar con ello? YO SI.

jueves, 15 de junio de 2017

Carta abierta a Rafa Nadal, el alter ego de España

Rafa, aunque tú no me conoces, quiero darte las gracias desde el fondo de mi corazón. Aunque no me conoces, eres parte de mi vida, de la de un país que nunca imaginó tener un símbolo como tú. Aunque no me conoces, lo que yo conozco de ti me emociona y me asombra, me inspira y me hace llorar de orgullo.
Realmente me siento en deuda contigo Rafa, siento la necesidad de decirlo en voz alta, de devolverte de alguna manera toda tu grandeza y lo que haces por nosotros. Me gustaría darte un abrazo emocionante, me gustaría conocerte y charlar contigo horas y horas, me gustaría ser para ti un amigo en el que confiar, con quien compartir y disfrutar el deporte y la vida. Me gustaría transmitirte todo eso y mucho más, como a toda España le gustaría hacer con su alter ego, con aquel cuya sombra es capaz de eclipsar al mundo entero. Lógicamente resulta complicado, y sólo me queda escribirte, compartir en voz alta toda la felicidad que en la distancia nos brindas a todos, esperando que de alguna manera te lleguen estas palabras sinceras. Me parece poca cosa, me parece que no es suficiente, pero es todo lo que tengo para tratar de devolverte al menos un pedacito de lo que tú has hecho por mí, por nosotros.
Tus logros como tenista, pero sobre todo como deportista y como persona ejemplar, generan un potentísimo efecto contagio. Un domingo cualquiera, tú estás ganando el décimo Roland Garros, agrandando tu leyenda y el nombre de España en todo el mundo, volviendo a demostrar a todos que era posible volver lo más alto, evolucionar y mejorar. Cada punto y cada “¡vamos!” que generas en la pista son una ola de fuerza y coraje que transmites a millones de personas, nos levantas del asiento enardecidos, nos haces empujar tu raqueta desde casa, pensando “yo también soy capaz de hacer algo grande“. Resulta extraordinario ver cómo te levantas una y otra vez, superándote cada vez más, logrando éxitos y dejando al mundo boquiabierto. Es apabullante observar cómo eres capaz de sorprender incluso a los más escépticos, con esas demostraciones de juego y de fortaleza mental que vemos sobre la pista. Tu carisma y tu valor son propios de un líder de masas, y ejerce una gran influencia en la sociedad, contrayendo al mismo tiempo una responsabilidad acorde a ello.
Comparto contigo el momento generacional de la vida, apenas nos llevamos cuatro años, y me has acompañado en largas tardes de estudio, de juventud, de multitud de planes; en esa época donde uno tiene que empezar a andar su camino propio, apoyándose en todo el prisma del entorno. Tú has sido pieza angular en esa forja, Rafa. Tú que tuviste que hacerte adulto mucho más temprano y rápido de lo normal, renunciando a muchas cosas que no pudiste vivir, en pos de un sacrificio mayor. Tú que has sido el relámpago que irrumpió en un país que no lo esperaba, que se coló en nuestras vidas hace años cual torbellino imponente.
Probablemente seas la mente más potente que hayamos visto, la fuerza indómita de la naturaleza con más resistencia, más confianza y más capacidad de sacrificioNingún deportista me ha inspirado tanto y con tanta intensidad como tú, Rafa. Coleccionas los valores más profundos y humanos del deporte, que son la base de tu éxito. Has llegado hasta la cima más alta de la historia deportiva por derecho propio: el mejor deportista español de todos los tiempos, y uno de los mejores de la historia mundial.
Rafa, tenías que llegar para abrirnos los ojos, para sostener y levantar una marca. La marca España es todo lo que tú demuestras. Una marca que aúna talento y voluntad, que cree en sí misma y que demuestra al mundo que es capaz de entregar todo lo que tiene por un sueño. Vaciando el corazón con su entrega,  demostrando una fe inmensa en su propio camino. Ello ha supuesto inspiración y coraje para un país necesitado de esconder sus problemas sociales, para una sociedad en crisis de valores, de moral y de espíritu: una apuesta por la esperanza y la confianza en el futuro y en el ser humano, a través del deporte. Tu presencia en el tenis mundial nos ha enseñado y unido mucho como país: a las familias, a los amigos y compañeros. Eres la excusa perfecta para juntarse, para compartir emociones de las que se recuerdan.
Supones además un gran  ejemplo para los niños, que se debería enseñar en el colegio como modelo de superación, pues dispones de unas herramientas y capacidades que pocas personas aprenden en su vida. Eres esa persona que siempre cree y confía, que siempre aprende y mejora con humildad, que no se rinde, que lucha, compite y que sabe superar los errores, las decepciones, y acaba resurgiendo en su propósito.  Tu grandeza es tu normalidad, a la vez que tu excepcionalidad. Podrías haber formado parte de mi pandilla de amigos, de la cualquiera de este país, seguro.
Rafa, debe ser extraño que tanta gente, como yo, creamos conocerte tan bien, y a la vez tan poco, y tú no nos puedas conocer a todos. Debe resultar increíble ser el alter ego de un país entero, un icono para millones de personas que te admiramos. Rafa, la gratitud se me antoja una palabra escasa para expresar todo lo que te debo, y toda la emoción que me supone escribirte tan directamente. Esta carta apela al ser humano que hay detrás de la leyenda del tenis,  a la persona que sostiene al deportista de élite, al chico que es parte de nuestra inspiración colectiva. Apela a la conspiración del universo para darme la oportunidad de conocerte, de decirte cara a cara que tu fortaleza es nuestro alimento,  que tu confianza es nuestro oxígeno,  y que tu esfuerzo y tus logros son el latir de un único corazón dentro de millones de personas como yo, que te dan las gracias por existir en este momento de la historia.
Gracias por hacernos sentir “en casa” cada vez que te vemos, por poder pasear orgullosos tu nombre allá donde vamos. Gracias por ser la marca España, la esencia y la intensidad del producto mediterráneo, por sentir que contigo estamos juntos en lo más alto. Gracias porque desde ahí puedo soñar más y mejor, convertirme en mejor persona, y sentir mi meta más cerca, más viva, más plena. Gracias por tanta felicidad acumulada en un gesto, un golpe, unas palabras.
Gracias RAFA por tu actitud en la vida, por ser mi alter ego, por serlo de España entera.

miércoles, 26 de abril de 2017

El niño del balón (I)- Por qué

Ayer vi a un niño con un balón en el parque, y volví a sentir la emoción y la plenitud de quien no siente barreras, ignora el tiempo y sólo vive para jugar y ser feliz. Esos para los que sólo hacía falta un balón  y mucha imaginación para dar rienda suelta al juego. Yo fui uno de esos “niños del balón”.

Un espacio verde en un parque, con escaso césped, era como encontrar petróleo, oro. Aun cuando estuviera descuidado y pareciera una pradera salvaje, aquello se convertía en el mejor de los estadios. Además del parque, cualquier sitio era bueno para experimentar con el balón: en tu casa (con tu madre gritando detrás que dejaras la pelotita),  en la playa (con las señoras diciendo que te fueras lejos porque levantabas arena), en medio de la calle (donde a veces los pelotazos golpeaban coches o ventanas y había que salir corriendo), en la árida tierra del patio del recreo (donde muchos niños corrían buscando el balón entre árboles, montículos y demás obstáculos, incluyendo otros partidos que se jugaban con otro balón en el mismo espacio)… ¡cuánta diversión acumulada en el caos!

Aunque estos lugares no fueran los más idóneos, era la capacidad de los niños de hacerlo mágico, de transformarlo a su antojo, lo que convertía cualquiera de ellos en el campo de juego perfecto para soñar. Allí donde no había nada, los niños del balón lo llenaban de sentido, de risas y de diversión sin límites. También de llantos y pataletas, de frustraciones y enojo por no conseguir un objetivo: un gol, una parada, una falta. Los niños del balón recibían siempre valiosas lecciones de vida cuando creaban ese entorno, cuando se sumergían movidos por la pasión del juego en un partido imaginario que les iba a enseñar mucho más de lo que eran conscientes en ese momento.

El uso de la imaginación es fundamental para esta historia. No se conciben horas y horas detrás de una pelota en un pequeño espacio, si no se imagina que es un estadio donde te conviertes en el ídolo que ves por televisión, donde se narran tus acciones y tus goles en directo, donde el mundo se detiene para prestar la debida atención a un juego que convierte el corazón en el músculo más potente, porque la atracción del balón sólo se puede explicar de esa forma.

Es importante y necesario que se siga promoviendo la existencia de “niños del balón” hoy en día. Y niños de la raqueta, de la bicicleta, de los patines, de los esquís o de la piscina. ¿Por qué? Porque los niños serán mejores personas mañana si hoy son niños del deporte, niños sencillos que sonrían con el ejercicio físico. Niños sanos y formados en los valores deportivos en cualquier caso. Niños que necesiten poco para divertirse y ser felices, a los que su creatividad les estimule para imaginar escenarios donde competir y mejorar, donde compartir y aprender, donde caer y levantarse. Solos o con otros a su alrededor; con pocos elementos y de andar por casa, en cualquier momento y lugar.

Cultivar el deporte en los niños es una de las cosas más importantes que los padres pueden hacer por sus hijos. Debería ser obligatorio en todos los hogares, en la forma que sea. Fomentar la práctica del deporte desde pequeño hace que los niños crezcan arraigados en los valores de la pasión y la diversión, pero también de la perseverancia y el esfuerzo, de la honestidad y la deportividad, potenciando su imaginación, su creatividad, las relaciones sociales, el sentimiento de pertenencia, el trabajo en equipo, e incluso el liderazgo.

Yo he tenido la inmensa fortuna de tener un entorno, una familia y unos amigos, que me han llevado de la mano del deporte, siempre con un balón. Ello me ha ayudado a descubrir algunas de las mejores cosas de mi vida, me ha dado alegrías y penas, y me ha forjado la personalidad, mi manera de ser y de enfrentarme a la vida y sus desafíos. El balón nunca era el mismo (ni tampoco yo), pues iba cambiando de dirección, de textura, de color, de peso, de alcance….eso sí, la forma y el fondo eran siempre los mismos: redonda, la del balón, y pasional, la de mi alma y mi corazón.

El balón, ese simple esférico que evoca en uno mismo innumerables recuerdos tan sencillos como especiales, y te dan una idea de la grandeza de las experiencias que se acumulan entorno a él, pero sobre todo, de las personas que te acompañan…. 

(Continuará)