martes, 29 de mayo de 2018

Historia que tú hiciste, historia por hacer

El Real Madrid eleva la marca España, LaLiga y su fútbol de nuevo hasta cotas insospechadas. También el baloncesto español y la ACB. Doblete europeo en una misma temporada, gesta única en la historia de cualquier club deportivo profesional. El dominador de la máxima competición continental suma ya 13 títulos en fútbol y 10 en baloncesto, que le consolidan como el rival a batir cada año. Pocos ejemplos concretos existen, además del deporte, en el que España tenga un prestigio y una dominancia tan abrumadora. El mundo entero identifica, respeta y reconoce la marca Real Madrid como el emblema deportivo español por excelencia, asociado a liderazgo, competitividad y superación.

El club blanco ha vivido desde siempre un idilio simbiótico con la Copa de Europa. Hay una especie de atracción que nadie se explica pero que todo el mundo percibe, una fuerza especial que le vincula con esta competición, con la respuesta en los momentos más decisivos, con hacerse grande cuando los rivales le exigen ir un paso más allá. Llámese ADN, instinto, gen o impronta, pero existe algo muy hondo en la naturaleza de este club y de los que se identifican con él que permanece latente siempre, hacia la victoria, hacia el éxito. Aun no jugando mejor que el rival, aun en situaciones de inferioridad técnica, táctica o anímica, el Real Madrid tiene ese plus adicional que sabe utilizar en los momentos clave. ”De repente, percibes que el Real Madrid te va a ganar. No sabes cómo lo ha hecho o de dónde lo ha sacado, pero sientes que te dice: aquí estoy yo y voy a derrotarte. Y acaba haciéndolo”. Es un mensaje que muchos jugadores, técnicos, expertos deportivos y aficionados han expresado, sentido o reconocido en muchas ocasiones.



Esto sólo se entiende porque en definitiva el Real Madrid es un club que está concebido para ganar, para saber competir pase lo que pase, y ese factor en el deporte es algo diferencial. Cuando el Madrid está enchufado, concentrado al 100% (cosa que últimamente suele pasar principalmente en Europa), es muy difícil de batir. Lo es porque mentalmente el equipo construye y visualiza la victoria desde mucho antes de saltar al campo, a la pista. Se sabe con la confianza y los recursos del que juega seguro de sí mismo, de que su momento va a llegar y que sólo es cuestión de saber madurar los partidos y aprovecharlo. Se siente en su territorio, pues la Copa de Europa es su casa, el hábitat donde desarrolla su pleno potencial. Ese dominio emocional es lo que le da el éxito, porque el Real siempre cree hasta el final, y más allá. Por eso nunca baja los brazos, por eso no acepta lo inevitable, por eso tiene esa capacidad de aguantar, renacer y conseguir lo imposible. Mira más allá de sus propios límites, no se fija un techo, y siempre quiere más. La voracidad por el triunfo es insaciable en el Real Madrid: no hay más que observar cómo, una vez ganado un título, ya se piensa en el siguiente. Pura exigencia y convicción mental.

El club ha ido alternando temporalmente rachas de sequía con épocas de dominio apabullante en la competición europea. Ha sabido pasar por grandes desiertos y oscuras llanuras deportivas, pero también reencontrarse con su mejor versión y la reivindicación de su competición. El Madrid siempre acaba volviendo, antes o después, a la senda de la victoria en Europa. Los altibajos son parte del ciclo necesario para alimentar y construir los triunfos venideros, y sobre todo para otorgar el enorme valor y reconocimiento que merecen los títulos y las épocas de dominio absoluto, como la que está viviendo actualmente. También para reconocer con la humildad necesaria que esto es algo extraordinario, inusual, y que se tardará mucho tiempo en volver a ver. Valorar el éxito deportivo sin la perspectiva de la historia o del tiempo requiere de un ejercicio de madurez y análisis verdaderamente crítico que la mayoría no es capaz de asimilar sin pellizcarse.

Estos años de bonanza madridista en Europa producen sin duda un efecto de admiración y envidia a la par. Trae reconocimiento por lo complicado de las gestas, pero también provoca el recelo de los rivales, a los que mina en su confianza, pues la racha actual es sin duda una de esas que dejan huella en la historia, de las que sorprenden porque hacen trizas los registros anteriores. El Real Madrid lleva unos años batiéndose a sí mismo, pulverizando sus propios récords y siendo el primero en ir conquistando cotas a las que nadie hasta ahora había llegado. Es tal su afán de superación, que sus metas trascienden lo temporal. Da la sensación de que hace tiempo que dejó de competir con los demás equipos europeos, y que su espíritu le empuja a superar su propia historia, a hacerse más grande que sus antepasados en el club, a estirar los límites de lo imaginable. En una competición cada vez más pareja e igualada, en un deporte de élite cada vez más exigente que se decide por pequeños detalles, mucho más complejo y profesionalizado que antiguamente, la gesta actual del equipo de fútbol, ganando tres Champions League consecutivas, y cuatro en cinco años, parece aún más valiosa si cabe, antológica. También la de baloncesto, llegando a cinco Final Four en los últimos seis años, de las cuales ha ganado dos.

Gran parte del mérito de estos años lo tienen los enormes entrenadores del Real Madrid, Zidane y Laso. Es un modelo de entrenador que le funciona al Madrid: ex-jugadores, integrados con los valores y la exigencia del club desde muy adentro. Ambos humildes, conocedores de sus limitaciones y capaces de asumir errores, aceptar las críticas a su trabajo parta conseguir mejorar, y defensores de sus jugadores como principal activo y aval de triunfo. Ambos conocen el juego lo suficiente como para engrasar sus equipos hacia la victoria. Y ambos son excelentes gestores de vestuario, de plantillas de élite y jugadores legendarios: la confianza que depositan en su grupo es clave. Capaces de mantener el rumbo y el equilibrio en los momentos complicados, apelando a un discurso natural, práctico y cercano, a conseguir crear en los jugadores un sentimiento de compromiso, solidaridad y hambre de victoria continua. Laso y Zidane hablan el mismo lenguaje que sus jugadores, y su éxito está en saber transmitir la mentalidad ganadora del Real Madrid y mantener competitiva su plantilla mentalmente. A pesar de contar con varios de los mejores jugadores del mundo que lo han ganado todo, son capaces de despertar en ellos la motivación necesaria para ganar año tras año, para ser mejores que los demás, para superar sus propios números, para engrandecer la historia misma de un club de leyenda.

El Real Madrid no se cansa nunca de la victoria porque es capaz de realimentar sus propios éxitos, y su gen ganador viaja en el tiempo: los triunfos de hoy son sus visiones ayer, y las gestas de antaño son la motivación para los títulos de mañana. Sólo así se explica el rendimiento de este club, su capacidad de conquistar lo impensable, su afán de superación más allá de sí mismo. Porque nadie resiste sus ganas de vencer. Sólo así se entiende que la historia que tú hiciste, es la historia por hacer.

martes, 8 de mayo de 2018

Tributo al fútbol honrado: despedida de Iniesta y Torres

Se despiden de La Liga, del fútbol español esta temporada. Andrés Iniesta y Fernando Torres cambiarán de rumbo en apenas un par de meses. A sus 34 años, y mirando en el horizonte el ocaso de sus carreras futbolísticas, han decidido despedirse honrosamente del fútbol de élite y de los clubes de sus vidas en España, como ya pocas veces ocurre.
Estamos ante un momento de aceptación, pues el tiempo es inexorable para todos. Pero también de alegría, de aplauso y de respeto. Hacia dos enormes jugadores que en los últimos 15 años han marcado de manera muy importante el salto de calidad del fútbol español, la modernización del fútbol europeo, y la puesta en valor nuestra Liga. Pocos jugadores hay en el panorama actual que despierten tanto respeto y gratitud por sus carreras, por su fidelidad a sus valores y a los de sus clubes, pero sobre todo la honradez hacia sí mismos y hacia el fútbol, ése que les ha dado tanto, ese que les debe agradecer tanto.
Iniesta ha sido probablemente el mejor jugador español de la historia del fútbol; a nivel técnico, con el balón en los pies, nadie ha conseguido dominar como él los registros del toque, el pase y el espacio, la verticalidad, el tempo, las asistencias. Es la elegancia de un fútbol suave y sin asperezas, práctico, sencillo, de asociación y movimiento con un único objetivo: respetar el balón. Ese balón que protege como nadie, tan difícil quitárselo. Ese balón que domina con enorme inteligencia táctica en el campo, tanto con él como sin él. Iniesta ha visualizado las jugadas antes que los rivales, yendo un paso por delante en la ocupación de los espacios y en la ejecución de los movimientos, suyos y de sus compañeros. Eso le ha permitido gobernar el ritmo de juego, frenar o acelerar los partidos según lo que el equipo necesitaba, leyendo entre líneas lo que muy pocos consiguen descifrar. El manchego ha sido el creador de fútbol y magia, inventor de jugadas inverosímiles y sorprendentes, pero no de cara a la galería, sino efectivas y con sentido, para hacer más grande a su amigo el balón, para honrar a su padre fútbol. Ha sido el guardián del buen gusto en el campo, el defensor de un estilo y de unos valores gracias a los cuales ha crecido como pocos. Iniesta fue generoso con el fútbol y éste le devolvió todo lo que tenía, salvo el Balón de Oro 2010, que toda España siente como suyo tras el Mundial de Sudáfrica, y que nos queda como cuenta pendiente con el planeta fútbol.
Fernando Torres por su parte, ha sido uno de los grandes delanteros españoles de la historia, y se ha labrado el respeto de toda Europa, allí donde ha jugado. Un jugador rápido y vertical, sigiloso en su desmarque y generoso en su esfuerzo. Un futbolista diferente que explotaba el espacio y la espalda de la defensa, jugando a la contra con una enorme velocidad y una potencia envidiable. Ha sido un delantero que ha sabido transformarse según avanzaba su carrera, aprovechando y adaptando sus cualidades en cada momento. Un jugador que hace muy fácil la transición a sus compañeros, que enlaza, se ofrece y no se esconde. Un delantero con el que muchos han querido jugar al lado, porque cerca de él podían brillar más. “El niño”, como se le apodó,  ha sido un delantero nada egoísta, que ha sabido gestionar muy bien su relación con el gol, tanto en las rachas buenas como en las menos buenas, y que siempre ha cumplido en el campo, acudiendo fiel a su cita con el trabajo, con la presión, con el esfuerzo, con el desmarque y con el gol. Goles que ha marcado en grandes cantidades, de todas las formas, asombrando a Europa. Y con la defensa de sus colores, de sus valores, con la reivindicación de sí mismo en el campo. El saber estar dentro y fuera del terreno de juego de Fernando Torres es de una grandeza admirable, y el reconocimiento de la afición por ello es más que merecido.
Mención aparte para la época dorada que, entrelazados y juntos, han construido Iniesta y Torres junto al resto de su generación en la selección española. Nos dejan arriba, muy arriba. Nos han llevado a salir de una dinámica derrotista y perdedora, a conseguir en la última década las cotas más altas de la historia del fútbol español. Nos han llevado a creer en nuestra cantera, a pensar de una vez por todas que somos grandes en este deporte, y que sabemos jugar al fútbol como los mejores. Nos han recordado que la cabeza lo es casi todo, y que la mentalidad ganadora también es parte de España y de nuestro deporte, aunque hubiera estado aletargada tiempo atrás. Torres marcó en las inolvidables finales de la Eurocopa 2008 de Austria y Suiza (el gol de la victoria ante Alemania) y de la Eurocopa 2012 de Ucrania y Polonia (el tercer gol de los cuatro que España le endosó a Italia). Iniesta por su parte, hizo el gol memorable para la historia que nos coronó en la prórroga ante Holanda como campeones del Mundial 2010 de Sudáfrica. Con ellos hemos vivido el éxtasis de un fútbol exquisito y ganador, de una generación que ha llevado a España a ser el ejemplo mundial de lo que es jugar al fútbol: dominar, deleitar, dar espectáculo, marcar y ganar. Pero también de lo que es un conjunto de jóvenes jugadores ejemplares y unidos, una generación de futbolistas en la que la mayoría son o han sido tan talentosos como respetuosos, discretos y agradecidos. Jugadores como Iniesta y Torres, humildes, que saben de dónde vienen y la suerte que han tenido de poder vivir años históricos de plenitud futbolística con España, con sus clubes, en sus carreras inolvidables, en su vida. Jugadores que son inspiración para nuestra sociedad, personas que nos han hecho mejores a todos.
Más allá del palmarés y la cantidad de títulos que estas dos leyendas acumulan a lo largo de sus carreras, está su aportación tanto en el terreno de juego, como fuera de él. Capitanes merecidos en sus equipos, galones de quien hace honor a un brazalete con historia, que han sabido llevar en sus clubes y en la selección nacional. Su ejemplo, sus valores, su compromiso con el trabajo bien hecho, su dedicación y mejora continua, su ambición sana por ser mejores. Acorde con la personalidad de ambos, huyendo de la polémica y de la confrontación envenenada, respetando siempre la competición y a los rivales, tendiendo una mano por el juego limpio, la concordia y la competitividad dentro de los límites morales del deporte.
Ambos son una fuente de inspiración extraordinaria para la juventud que ha crecido con ellos, un espejo valioso en el que mirarse y del que aprender, ante un mundo cada vez más crispado y hostil, que intenta a veces envenenar el deporte a través de una excesiva tensión y violencia. En este escenario, Iniesta y Torres, dos chavales discretos y educados, han sabido labrarse sendas carreras de élite sin perder los pies del suelo, construyendo con su trabajo y talento, y demostrando con sus valores, que en el fútbol sigue habiendo espacio para los románticos, para enamorarse de unos colores y de un espectáculo, para construir carreras ejemplares y diferentes, para honrar y respetar un deporte precioso y una competición maravillosa, para ser fiel a uno mismo y disfrutar de una vida de pasión, balón y gol. Una vida de deporte y respeto, de tolerancia y fútbol.
Hemos de dar las gracias de todo corazón a estos dos fenómenos españoles del fútbol mundial, Andrés Iniesta y Fernando Torres. Sus homenajes son más que merecidos, por el legado que dejan y el espíritu deportivo que han sabido mantener. Mucha suerte a ambos en sus nuevas etapas.
Y quizás, sólo quizás, podamos pensar en un último gran sueño este verano en Rusia para despedir a Iniesta en activo de la selección: otro título Mundial y otro gol en la final. ¿Queremos soñar con ello? YO SI.

jueves, 19 de abril de 2018

Joaquin & Setién, el Betis y la primavera del fútbol

Huele a feria de abril y a primavera, en Sevilla y en España entera. En el Betis, sin embargo, lleva oliendo a éxito desde principio de temporada. El Betis lleva todo el año viviendo en primavera futbolística, a pesar del frío o la lluvia, porque el año del equipo verdiblanco está siendo una continua cosecha de frutos jugosos y objetivos muy bien trabajados a lo largo del año. A un mes del final de competición, le queda rematarlo con la guinda, pero tiene las hechuras y el recorrido planificado para poder conseguirlo: entrar de nuevo en Europa.
Una parte de este fruto se debe a una directiva renovada, con experiencia y con rumbo claro, implicada y que hace partícipe a todos sus estamentos desde la apelación al sentimiento deportivo común. Cuyo proyecto de club está muy bien trazado, y cuya ejecución en su gestión deportiva, social y económica está siendo muy acertada, meditada y con perspectiva. Bravo por su paciencia. Aterrizando al siguiente nivel, gran parte del mérito se lo lleva Quique Setién, el entrenador tranquilo, paciente y consciente del entorno en que se desenvuelve, que de fútbol sabe muchísimo, y además le están dejando hacer. Habla poco, claro y directo fuera del campo, pero dentro de él transmite, motiva, enseña y conecta con su plantilla como pocos lo saben hacer, hasta sacar el máximo rendimiento físico, táctico y emocional de su joven plantilla.
Joven plantilla de chavales comprometidos que hacen piña, solidarios y con ganas de aprender, un grupo de futbolistas competitivo y en formación con mucha progresión por delante. Y donde emerge como ninguna la gran figura del capitán Joaquín, el eslabón donde empieza y termina el proyecto del euro-Betis, la piedra estratégica donde todo conecta y converge en este club. A sus 36 años, está viviendo una plenitud dorada en sus últimas temporadas como futbolista. Es el fiel reflejo del que es y está feliz con lo que hace, donde lo hace, cómo lo hace y con quién. Es la imagen de un jugador de leyenda que ha sabido entender su carrera y su transición, su sitio y su tradición. Es aquel jugador que sabe bien de dónde viene y donde debe terminar, todo lo que le han dado y lo que le queda por aportar.
Joaquín es la viva imagen de la felicidad del día a día, de la alegría hecha fútbol, de la gratitud por el esfuerzo, el trabajo bien hecho y la recompensa merecida. Joaquín ejerce de todo en el Betis; desde consejero y accionista, hasta jugador; desde padre, amigo y hermano en el vestuario hasta de conductor; de utillero, compañero o de psicólogo, así como de entrenador. Es la prolongación del míster en el campo, de los compañeros en los momentos difíciles o de duda, y también de euforia claro está, y del espíritu que marca el rumbo claro de una pasión, la del Betis por su equipo y su afición.
Joaquín estaba llamado a ser un referente del fútbol español, y lo fue a ráfagas durante algunos años. Las circunstancias no le llevaron a ningún club “top” de Europa, pero ello le ha permitido quizás ser aun más grande, y llevar toda su calidad, su arte y su genialidad a distintos rincones del planeta fútbol, y en todos ellos ha dejado impronta, ha hecho más grande el equipo, y sobre todo ha dejado un recuerdo imborrable por actitud, compromiso, ejemplo y pasión hacia su profesión. Joaquín es un artista entregado a su causa, un profesional que entiende el fútbol igual que la vida: lleno de alegría, vitalidad, optimismo, esfuerzo y belleza. El fútbol fluye por sus venas con la misma facilidad con la que le sale la guasa y los chistes, con la misma naturalidad con la que pone siempre buena cara, se supera y trabaja para conseguir sus objetivos.
Ver a Joaquín siempre, pero en especial este año, es ver el goce por una profesión, un deporte, y un equipo; por sus colores, su gente y por su club. Es un personaje genuino de nuestra sociedad que nos hace mucho bien, nos recuerda que la felicidad está en el día a día y que el fútbol puede contribuir a ello con mucha fuerza. Joaquín es un tipo honesto, que respeta la competición, la historia, los rivales y el juego limpio. A su edad le queda poco que demostrar, y sin embargo sigue siendo un ejemplo que sorprende y enamora, que hace agradable cualquier aparición suya dentro y fuera del campo. Se hace tan amable que toda España sonríe al verle, y la mayoría se alegra por su buen hacer y la fenomenal temporada de su Betis (salvo los sevillistas, por lógica y natural  rivalidad futbolística).
El Betis y Joaquín viven un momento dulce que ha llegado tras años de zozobra y sufrimiento en el club, y tras mucho trabajo para sacar adelante un extraordinario proyecto, que está brotando actualmente de una manera fresca y natural. Así surgen siempre las mejores cosas en la vida, y el fútbol no es una excepción. La constancia en el trabajo bien hecho, la dedicación con cariño a unos colores y a un sentimiento, el apoyo incondicional de una afición que nunca le abandona, es lo que da fuerza y está llevando al Betis en volandas. Esta temporada partía con el objetivo de mantenerse en primera, de no sufrir, y está terminando mirando de frente a Europa, siendo uno de los rivales más peligrosos de esta liga y jugando un fútbol vistoso, equilibrado y práctico, que nos ha regalado extraordinarios partidos, goles y espectáculo de manera sostenida.
Uno se siente alegre y contagiado del fútbol del Betis, de su gente, de sus colores, de su proyecto y su manera de entender la competición. Se siente cercano a un equipo que desprende simpatía, profesionalidad y desparpajo a partes iguales, valor y fe en sus posibilidades. Uno se siente agradecido de tener en LaLiga un club con tanto arte y solera, que después de muchos años oscuros de farándula directiva y deportiva, ha sabido cuajar un proyecto a la altura de esta entidad. Un equipo construido y dirigido por el visionario Setién,  artesano discreto del fútbol sencillo, efectivo y gustoso, al que hay que elogiar tremendamente. Y un equipo aderezado por un mago de la vida y del balón, un líder con carisma, talento y don de gentes que arrastra felicidad allá por donde va. Joaquín es el corazón del Betis, su leitmotiv. Es su imagen visible, la del bienestar futbolístico, la madurez bien llevada dentro y fuera del campo, la alegría de vivir cada día. Su fútbol, su actitud y su expresión reflejan la felicidad de una afición entera, que vive un momento dulce, de trabajo en continua feria, y una temporada repleta de primavera.

lunes, 19 de marzo de 2018

‘S.O.S.’ Baloncesto: cuidar la competición, proteger su futuro

¿De quién es el baloncesto? No es de nadie y es de todos, pero sobre todo lo es de los aficionados, de los valores sociales y la educación, de los chavales y del futuro, de la pasión por el deporte sano. Es además patrimonio de los jugadores, de los entrenadores, preparadores y árbitros. Por último, también debe serlo de sus dirigentes, comités, organizadores y gestores, así como de los patrocinadores e impulsores que lo hacen posible, pero sin olvidarse nunca de que su papel debe velar por la responsabilidad y continuidad de sus competiciones, por el respeto al juego limpio y por hacer sostenible un modelo global como hasta ahora, sin excluir ni limitar las posibilidades del resto de actores del juego. La avaricia rompe el saco cuando unos pocos quieren quedarse con todo el pastel y echar de la pintura al resto.
Es triste, pero corren tiempos convulsos en un deporte tan natural y fresco como frágil; tan necesario y valorado como amenazado por el canibalismo de la competición. El hombre es un lobo para el hombre, y el baloncesto lo está sufriendo en sus carnes, en especial desde este último año. El choque de trenes que supone la escasez de recursos (jugadores, calendario y financiación) con la avaricia y el egoísmo de ciertas competiciones privadas está poniendo en serias dificultades la conciliación del baloncesto profesional tal y como lo conocemos, a todos los niveles.
El conflicto se plantea, para todo el ámbito baloncestístico europeo, cuando Euroliga (asociación privada formada por varios de los clubes más potentes de Europa) decide romper el equilibrio, ya de por sí inestable, que existía entre ella misma y las ligas, las federaciones nacionales (ACB y FEB en España) y la FIBA (máximo organismo mundial de baloncesto). En su ansia de crecer y organizar una competición a modo de “súper liga europea exclusiva”, donde el formato se basa en un núcleo permanente de equipos y varios invitados, transforma su competición invadiendo y arrasando el espacio de las demás, de manera que expande su calendario, el número de partidos y la intensidad y frecuencia de los mismos. Provocando con ello un efecto dominó muy pernicioso en el que nadie gana realmente y el baloncesto pierde, poniendo en jaque su propia supervivencia:
–        La coincidencia de los partidos de Euroliga con los de clasificación para competiciones FIBA (Mundial/Eurobasket) y Juegos Olímpicos, fuerza a los jugadores a elegir entre acudir con su selección o disputar los partidos de Euroliga con su club.
–        Fuerza además a los clubes a posicionarse de manera intransigente en la cesión de sus jugadores para la selección por la disputa de la competición continental.
–        Provoca una ausencia notoria de los principales jugadores en sus selecciones nacionales, lo cual machaca el equilibrio histórico y merecido de las grandes potencias, poniendo en riesgo su clasificación y disputa de los grandes torneos de selecciones.
–        Genera conflicto entre los organismos federativos y los propios jugadores por el reglamente específico respecto a los compromisos de selecciones, dificultando los acuerdos y la gestión del día a día entre los estamentos nacionales deportivos, envenenando unas relaciones ya de por sí intensas.
–        Provoca un acordeón en el calendario, una excesiva acumulación de partidos, un gran impacto en la salud de los jugadores y en la calidad del juego, así como un desgaste tremendo respecto al reclamo y expectación de los grandes partidos europeos, que por repetidos se vuelven manidos.
–        Fuerza también a las ligas nacionales a restringir el número de equipos para mantener su competitividad como producto de entretenimiento y mantener su atractivo cartel, a proteger sus activos, ajustando y trastornando a los equipos, y también su planificación y horarios.
–        Lo anterior repercute en los más débiles, categorías inferiores y amateurs, pues se reducen las oportunidades deportivas y económicas para los que vienen desde abajo (número de equipos de ACB, ascensos y descensos desde la Liga LEB Oro, menos recursos para promoción del baloncesto en categorías inferiores, etc).
–        Provoca un reparto desigual e injusto de los recursos económicos que el mercado del baloncesto genera a través de los patrocinadores y sponsors de las competiciones, maniatando a varios de los actores principales y poniendo en riesgo a todo el ecosistema financiero del baloncesto europeo.
–        Genera engaño y confusión en el aficionado, le priva sus derechos a un espectáculo más racional y sostenible en el tiempo, le sobreestimula con tanto partido repetido, baloncesto exprimido de un solo tipo y competición, y le niega un equilibrio de jugadores y juego natural en la pista a lo largo del año.
–        Una competición demasiado artificial provoca un empacho de producto, una peor gestión del espectáculo, ahogamiento económico de la llama financiera, y por tanto un riesgo elevado de una bajada de audiencia y de seguimiento.
–        Desatender la demanda social y deportiva de la afición por ver a los mejores en cada momento del año, por mantener la diversidad de los torneos y la esencia diferencial de cada uno, que es lo que en conjunto enriquece este deporte, es un atropello poco inteligente que empobrece el cartel global del baloncesto.
–        Finalmente, provoca que el futuro de este deporte, los jóvenes jugadores y aficionados, tengan menos recursos a su alcance para su desarrollo y promoción, vean una realidad distorsionada del baloncesto y sus competiciones. Poniendo en riesgo su interés y mermando sus opciones de participar y disfrutar de su deporte, se crea el caldo de cultivo para la fuga de su atención hacia otras disciplinas.
Por todo ello me pregunto, ¿dónde vas, Euroliga? ¿Qué crees que vas a conseguir, a la vista del panorama y perspectiva actual? Las dictaduras nunca fueron sanas para nadie y no lo serán para ti. El baloncesto nunca fue de nadie en exclusiva, y menos tuyo. No es de recibo tensar la cuerda de esta manera, crispando a los estamentos del baloncesto y poniendo sus activos entre la espada y la pared. No es justo que unos cuantos pongáis en riesgo un deporte universal bajo un foco de avaricia personal, que nos privéis a todos de una solución compartida que deje de ahogar la competición de esta manera, y no limite su sostenibilidad a futuro. Es injusto y egoísta, Euroliga, es ingrato para los aficionados que amamos este deporte, es irrespetuoso con el “fair play” de la competición. Es anti-ejemplar para los más jóvenes, y te hace esclava a ti misma de tus decisiones erróneas a futuro.
Es una situación tan difícil y tan sencilla a la vez, Euroliga, porque solo depende de ti. Se trata de cambiar el foco y ser generoso, de compartir competiciones, recursos y espectáculo para hacerlo más grande y mejor entre todos, que son precisamente los valores principales del baloncesto: ser solidario, comprometerse y crecer juntos. No me resigno a que te lleves el baloncesto por delante, Euroliga, a que no negocies con sentido común con los demás socios del sector, a que abras una puerta a la cordura para preservar la naturalidad de este deporte, a que te dispares un tiro en el pie y con ello arrastres a todo el baloncesto a perderse lo mejor de su esencia y de sí mismo.
¿Quién imagina hoy por hoy  un Mundial o unos Juegos sin España, sin Croacia, sin Lituania, por motivos extra-deportivos que merman deliberadamente el rendimiento de estos equipos? ¿Quién imagina una ACB,LEB, EBA, etc, más pobres y escasas, de apenas una decena de equipos, destruyendo el tejido baloncestístico nacional, y relegando el desarrollo del mismo a un puñado de afortunados? ¿Quién imagina a los aficionados aborreciendo partidos como Madrid-Barça, Panathinaikos-Olympiacos, o CSKA-Maccabi, por empacho temporal? ¿Quién imagina el canibalismo del baloncesto por su propia avaricia privada? Nadie lo desea, ninguno lo imagina, y ello no ocurrirá si tú actúas a tiempo y rectificas, Euroliga. Enrocarse no vale de nada, y plantear una y otra vez la misma propuesta no es negociar, es ser autoritario y déspota sin voluntad de acuerdos. Ejerce tu responsabilidad acorde a lo que representas, Euroliga, y sé digna. Protege el juego, las competiciones y los jugadores, y no sólo tus intereses económicos.
Seamos sensatos y cuidemos el futuro del baloncesto. Es patrimonio y responsabilidad de todos, es alegría y necesidad del sector, es esperanza y continuidad que vertebran la sociedad. Frente al negocio extremo, deporte sostenible, frente al ego y la avaricia, valores y unidad de todos. Euroliga, ahora te toca a ti. Yo creo en una solución positiva, en un proyecto conciliador, porque es lo que me han enseñado el propio deporte. Si ganamos todos, gana el baloncesto.
Images: “Pure Basketball Academy”

domingo, 4 de marzo de 2018

Modernizar el fútbol para proteger la gallina


El fútbol es el deporte más practicado y más seguido del planeta. No se sabe si una cosa lleva a la otra o la otra lleva a la una, si fue antes el huevo o la gallina. Pero el caso es que esta gallina que pone tantos huevos de oro, hay que protegerla y evolucionarla.

El fútbol necesita modernizarse y adaptarse a la nueva demanda deportiva, la nueva realidad social y a los modelos de negocio que está generando su industria. Los máximos organismos internacionales de este deporte (FIFA y UEFA), así como las federaciones nacionales y las ligas profesionales de cada país, actúan como un dinosaurio poco flexible al que le cuesta moverse, con mucha reticencia a cambiar reglas y procedimientos, y cuando lo hace es poco ágil. Los dirigentes del fútbol se resisten demasiado; les cuesta sobre todo tomar decisiones que mejoren y hagan más sostenible y más vistosa la competición.

La demora en la llegada del VAR es un ejemplo claro. Ha costado mucho tiempo de negociación, de dudas, de pruebas, de disyuntivas y moratorias. De que nadie perdiera su trozo del pastel y de cómo rentabilizar y acoplar este sistema a la competición. Parece que verá la luz en el próximo Mundial de Rusia y a partir de ahí en las principales competiciones europeas. Aleluya, ya era hora. La tecnología nos facilita la vida en muchos otros sectores desde hace mucho tiempo, y debe actuar de la misma manera en el fútbol, donde se mitiguen al menos los errores que se pueden juzgar en las situaciones objetivas.

Las subjetivas, es otro cantar que hace referencia a la imperiosa necesidad de mejora, unificación de criterios y simplificación de las interpretaciones arbitrales en jugadas sensibles y con mayor impacto en el juego: penaltis, manos, tarjetas, expulsiones, simulaciones, comportamientos violentos o antideportivos, etc. Aquí también hay mucho margen de desarrollo y mejora si los estamentos competentes deciden actuar y ponerse de acuerdo en condiciones, en fijar criterios firmes y menos sujetos a libre interpretación. Y que sean abiertamente comunicados, aceptados y conocidos por todos los agentes de la competición: jugadores, técnicos, aficionados, comités, etc. Debería permitir la convergencia respecto al juego limpio y a la justicia equitativa con aceptación múltiple.

Otra mejora a la vista, que ha tardado demasiado en llegar, es la inclusión de un cuarto cambio. En el Mundial de nuevo se probará, aunque solamente durante la prórroga. Los jugadores son el origen y el valor más alto que tiene el producto fútbol, y hay que empezar a preocuparse por cuidarlos de verdad. Viendo que cada vez hay más competiciones, más exigentes y largas, el calendario está inundado de partidos sin dar respiro, y el apetito y la exigencia del espectador y del negocio crecen insaciables por ver jugadas, goles, jugadores y partidos más espectaculares, se hace imprescindible dosificar a la gallina para que sus huevos sigan siendo de oro. Proteger la salud de los futbolistas, limitar sus minutos sobre el campo para que puedan rendir mejor, lesionarse menos y prepararse para participar en las competiciones con garantías, es una medida de cuidar también el espectáculo y el negocio de la misma manera. Bienvenido sea el cuarto cambio, o el quinto y sexto si fueran necesarios. O incluso jugar con doce jugadores, cambiar la duración de los partidos o aumentar los descansos. No debería haber límites a las soluciones imaginativas y efectivas para adaptar y preservar la salud del fútbol, siempre con sentido común y consenso.

El fútbol tiene que modernizarse también mirando hacia los lados, a sus deportes vecinos y en cómo estos mejoran y manejan los avances: baloncesto, tenis, balonmano, ciclismo, etc. Competiciones que llevan años de ventaja al fútbol en la introducción rápida y evolutiva de mejoras, de tecnología, de adaptación natural.

Y también debe mirar el fútbol hacia arriba; desde el terreno de juego hacia el palco, los despachos, las instituciones. No son gratos, y hacen mucho daño, los ejemplos que hemos tenido en los últimos años acerca de cómo se maneja la política del fútbol, los oscuros métodos de gobierno y la corrupción que salpica a sus dirigentes. El deporte rey debe sanearse en sus órganos de más alto nivel, con más transparencia, mejores procesos electorales, mayores medidas de control, limitación y separación de responsabilidades y poderes, exigir cuentas claras y evaluación independiente. Con el objetivo de regenerarse y ser un ejemplo limpio y sostenible, socialmente admirado y consistente con los valores que debe promover.


Capítulo aparte, para terminar, debe ser la ampliación, aplicación efectiva y supervisión férrea de las reglas del “fair play” financiero. De momento éste parece un arreglo superficial de cara a la galería, una voz de la conciencia que indica el buen rumbo, pero ha de implantarse con políticas y mecanismos efectivos que prevengan de manera real los comportamientos fraudulentos, engaños y quiebros a las reglas comunes, que protejan la competición y la equilibren de verdad. El valor de los jugadores y los clubes debe ser tangible y fidedigno, sostenible de manera veraz, y debe protegerse a sí mismo de burbujas financieras, magnates o jeques y demás élites caprichosas que ponen sus ojos en el fútbol cual juguete de usar y tirar.

El fútbol debe respetarse a sí mismo y luchar por mantener el equilibrio competitivo de los clubes por magnitudes de mercado y volumen social objetivo, respaldadas de manera robusta para hacerse fuerte ante los villanos que pretenden convertirlo en un polvorín privativo, en el que sólo unos cuantos expriman el jugo de este zumo o se coman todos los huevos de la gallina, y los demás no accedan ni a las migajas de un patrimonio que ha sido y deberá seguir siendo de todos.

Hay mucho más por hacer, pero estos ejemplos pueden ser un buen comienzo. Sólo con medidas deportivas, sociales, políticas y económicas tomadas de forma ágil, efectiva y flexible, transparente y justa para todos, este deporte evolucionará a mejor, y su industria será más saludable y sostenible a largo plazo. Señores del fútbol, tomen nota, empiecen a hacer los deberes en condiciones y garanticen así la continuidad de esta maravilla de espectáculo que es el fútbol, que pide a gritos protección, evolución, madurez y responsabilidad para seguir emocionando al mundo como pocas otras cosas son capaces de conseguir.

sábado, 17 de febrero de 2018

Diplomacia universal: el vehículo deportivo


Hace pocos días vimos a las dos Coreas (Norte y Sur), desfilando juntas bajo una bandera unificada en la inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno en PyeongChang 2018. Un hecho absolutamente impensable hace unos meses, teniendo en cuenta la tensión política pre-bélica que mantienen los dos países desde hace años.

Es cierto que se ha podido hacer de manera precipitada, sin preparar, planificar o entrenar convenientemente a nivel deportivo la integración de ambas selecciones en algunas disciplinas. Es cierto que faltan por darse muchos pasos necesarios a nivel social y político para que se fragüe una realidad pacífica y de unidad efectiva. Es verdad que hay muchas voces en contra que no apoyan esta unión simbólica, porque se necesita aun mucho tiempo y madurez, perspectiva y distancia, cicatrizar heridas del pasado y cambiar muchas acciones y comportamientos del régimen norcoreano para que la comunidad internacional crea de verdad en este gran paso. Pero el embrión de una esperanzadora y nueva realidad en Corea se ha sembrado gracias de nuevo al mejor diplomático y embajador que el ser humano haya tenido jamás: el deporte.

De nuevo en el escenario de unos Juegos Olímpicos, un símbolo de respeto y tolerancia que hasta los más villanos parecen considerar como la mejor y más blanca de las banderas, el símbolo de confianza más poderoso que existe en el ya de por sí frágil entorno socio-político de ciertas zonas del mundo. De nuevo los valores del deporte y el respeto hacia lo que con ellos nos une, consiguen construir puentes para acercar enemigos aparentemente irreconciliables.
Al igual que Barcelona 92 supuso la culminación y consolidación a ojos del mundo de la reunificación alemana, la histórica participación de Sudáfrica tras el “apartheid” o la inclusión de los deportistas yugoslavos bajo bandera olímpica, el deporte nos brinda de nuevo una demostración de cordialidad y voluntad de entendimiento. Nos recuerda que las bondades que surgen del amor al deporte son intrínsecas y esenciales al ser humano, y son mucho más poderosas que las falacias artificiales y armaduras sociales que se esconden bajo el miedo, el odio, la venganza, la ira y la crueldad.

La guerra, la muerte y la destrucción que ha provocado el ser humano siempre han sido combatidas y desafiadas por el deporte, como un ente neutral que no es de nadie y es de todos, el emblema común de unidad y tregua, un activo imprescindible en la concordia y el progreso de los pueblos. Así desafió Jesse Owens a Hitler en los Juegos de Berlín en 1936, al igual que se jugaron partidos de fútbol en los campos de concentración durante las dos guerras mundiales. De la misma manera que en las favelas de Brasil se aparcan hoy a ratos pistolas, para dejarlas en el suelo a modo de postes de portería y jugar al fútbol.

El deporte inspira paz y sentimiento de unidad, retando a un pulso natural a este mundo artificial y complejo. Abre un paréntesis en las diferencias y permite compartir sentimientos similares, conectados por una fuerza magnética que nadie sabe explicar pero que todo el mundo puede identificar.



Lo vivido en Corea estos días es un comienzo, un acuerdo frágil pero visible de que se puede dar el primer paso, y qué mejor manera que compartiendo salud, belleza, solidaridad, espectáculo, emoción y esperanza, todo ello bajo la bandera blanca del deporte. Aunque queda mucho por recorrer, andar este camino bajo el paraguas deportivo hará más amigable y llevadero el futuro de estos dos países y del mundo entero.

La historia es y seguirá siendo testigo de muchos ejemplos de este tipo, y de que el espíritu deportivo, honrado más profundamente en su esencia a través de los Juegos Olímpicos, como abanderado del deporte mundial, es capaz de provocar cambios espectaculares en los comportamientos y decisiones del ser humano. De ahí que le debamos tanto al deporte y que lo necesitemos para seguir actuando como el embajador más efectivo y convincente, el mejor pacifista, y el diplomático más respetado, sin patria ni frontera, porque sus motivos son universales y limpios, y no apelan a los pensamientos egoístas de la razón, sino a las emociones compartidas del corazón.